Bastardos, capítulo 8.

Caí rendido sobre el sofá con el olor de perro quemado pegado a mí. Ya me había duchado varias veces pero era imposible desprenderme de ello. Desde que Jaime se fue todo había cambiado. Yo hacía todo y la mayoría de los perros adultos que se usaban para criar tenían los días contados por el simple hecho de que comían demasiado. Ya casi no entraba el pienso en sus cuencos, sino barras y barras de pan duro que desechaba una fábrica cercana. Esa alimentación para una perra embarazada era un suicidio…

—Mira qué bonito es —dijo Rafael al verme.

Mi compañero de piso ignoró definitivamente que estaba hecho un ovillo en el sofá y me enseñó una foto.

Tardé en enfocar. Tuve que enjuagarme los ojos para dejar de ver aguas.

Esa foto…

Le quité el móvil de sus manos.

—Te gusta, ¿eh?

Cegado de la ira le devolví el teléfono empujándolo con violencia y haciéndolo caer.

—¡No me has hecho ni puto caso! —grité desesperado.

—¿Qué haces tío?

—¡Ni puto caso me has hecho, joder! ¡Ese perro es chihuahua con lhasa apso de un criadero de mala muerte!

—¿Y tú como sabes eso?

—¡Porque yo trabajo ahí!

Ambos nos quedamos mirando sin encontrar las palabras.

Negué con la cabeza despacio. ¿Qué había hecho?

—Tú… Tú trabajas en… —Se levantó bruscamente— ¡Eres un hipócrita!

Miré a ambos lados. Llamábamos bastante la atención. Me levanté y cerré la ventana y corrí la persiana del salón y empecé a dar vueltas a zancadas alrededor del sofá sin saber muy bien cómo actuar ni qué decirle.

—¿Cómo viven sus hermanitos? ¿En una granja?

—No…

Negué con la cabeza y rememoré el incidente:

—Su hermano murió poco después del parto.

—¿Cómo?

—Se pilló la cabeza con una de las rejas de su jaula y se asfixió.

—¿No tienen veterinario las veinticuatro horas del día?

—Solo yo.

—¿Pero por ley no deberían…?

—Solo cuando el gobierno va a hacer inspección.

—Pero si están muy mal la inspección debe sacarlo a la luz.

—Se llevan a otra nave unos días y se hace limpieza.

—¿Limpieza?

—Se mata todo lo que esté en malas condiciones o no sirve para criar.

—Pero yo vi fotos de…

—Por supuesto, hay fotos “de bonito” pero siempre son las mismas. Esos perros ya son más viejos que tú.

Ambos nos dejamos caer sobre el sofá, abatidos.

El silencio era lo menos doloroso que escrutar en esos momentos.

—¿Por qué trabajas ahí? —me preguntó mirando la foto del cachorrito en su móvil.

Me llevé las manos a la cara y me despeiné el flequillo:

—Empecé por necesidad. Ahora temo muchas cosas si hablo o dejo de trabajar para ellos. Si se enteran de lo que estoy haciendo…

—¿Qué haces?

Instintivamente encendí la tele. Me acerqué a él y empecé a tamborilear con los dedos sobre mis rodillas. Él apagó el teléfono y lo dejó en la parte más alejada de la mesa.

—Estoy haciéndoles fraude —dije.

—¿Con dinero?

—No… Con los perros.

—¿Cómo se hace eso con perros?

Recordé aquella mirada de setter que tenía miedo de seguir con vida.

—Estoy… llevándome todos los perros que puedo y dejando los que me dicen que cese.

—¿Cómo? —preguntó con curiosidad.

—Dejo a los perros con problemas de salud y dejo que críen con ellos. Los que tienen buena salud los cambio por esos y así hago que los cachorritos salgan mal con problemas y los devuelvan.

—¿Y funciona?

Suspiré con cansancio:

—Creo que les estoy haciendo un favor… Ya no quieren adultos. Solo cachorros. Los compran de fuera en peores condiciones que los nuestros. Todo lo que he hecho no ha valido para nada y aunque este año se han devuelto bastantes… La gente coge cariño a sus mascotas y les da hierro hacer esas cosas pero cada vez los problemas van a más.

Entonces Rafael se dio cuenta.

—¿Qué problemas puede tener nuestro cachorro?

Suspiré:

—Es mestizo. Toda la mierda que tengan los padres puede estar colapsada por eso.

—Pero qué puede tener —insistió con el corazón en un puño.

—La madre tiene bajones de azúcar, es sorda y soplo. Es una cachorra de un cruce peligroso de merlés y su padre y su abuelo son el mismo perro. Además su madre es hermana de ese padre y abuelo.

Era un galimatías genético pero mi amigo pareció entender que eso era un grave problema.

—Y el padre… Es uno de los lhasa que tenemos de bonito. Solo tiene una maloclusión leve. Aunque creo que puede tener cáncer. No lo sé. No hacemos esas pruebas en la nave.

—¿Y te lo llevarás algún día?

—No. Los perros “de bonito” se cuidan de otra forma.

—Malditos bastardos…

—No… Los bastardos son los perros y no tienen culpa de nada. Siempre son las víctimas del dinero.

—Joder tío, ya lo siento —intentó animarme Rafael.

—Deberías devolver el perro.

—¿Qué? —Se quedó en shock—. De… ¿Devolverlo? Dime… ¿Qué le pasaría si hiciera eso?

No podía contestarle una mentira. Sin embargo siempre sería mucho mejor que la pura verdad.

El silencio fue más incisivo que cualquiera de las palabras.

—No puedo hacer eso.

—Ya… Ese es el segundo mayor problema.

—¿Cuál es el primero?

—Que se los compren a ellos.

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