Bastardos, capítulo 9.

Hacía mucho tiempo que no iba a la tienda de mascotas del inversor. Ya no era mi trabajo. Hacía muchísimo.

La visión era exactamente igual al día que entré en ella por primera vez. Estaban las mismas fotos de personas sonriendo con muchos perros distintos. Casi todas ellas eran después de competiciones en las que habían salido exitosos con condecoraciones y alegrías para su dueño, que era un afamado adiestrador y criador. De hecho el mejor que yo hubiera conocido jamás.

La tienda no había cambiado a penas nada.

Era horrible.

Era horrible porque eso me hizo consciente de cómo había cambiado todo en poco tiempo.

Él había empezado criando chihuahuas de forma fortuita. Chihuahuas proporcionados con la máxima de conseguir perros saludables. Tras eso y enamorarse de estos animales consiguió unos caniches con una calidad de pelo impresionante y empezaron a arrasar en los campeonatos de belleza. Tras eso empezó a interesarse por los pastores alemanes al ver cómo trabajaban para la policía. Para cuando empezó a meterse en aquél mundo tenía unos huskys impresionantes que arrasaban en el tiro del trineo y empezó a contratar personal pero no para entrenar. Eso era lo que le gustaba a él. Consiguió una peluquera que le preparaba los schnauzer para las pasarelas y un veterinario que testaba a sus dálmatas para quitar a todos los que tuvieran sordera congénita de su sistema de cría y de desilusionó de los pastores alemanes de belleza por la grave displasia que empezaban a presentar los especímenes que creían perfectos y empezó con los pastores belgas malinois para el mondioring. ¡Hasta hizo de figurante! Y consiguió una cosa increíble y preciosa… Que sus pit bull entrenados tuvieran la licencia de perros de ayuda para mujeres que sufrían violencia de género. Perros de defensa para las más indefensas. Fiables y con más corazón que dientes.

Sus labradores volaban sobre las piscinas y llegaban hasta más de quince metros para conseguir el apport… ¿Qué veterinario no querría estar entre sus filas? Esa era mi aspiración. Ese era mi sueño… Y ojalá no lo hubiera conseguido nunca.

Recuerdo que de joven acudí a él y le dije qué era necesario para conseguir trabajar con él. Me dijo simplemente que ser el mejor en algo y yo quería ser veterinario. Entonces hizo algo increíble por mí… Me invitó al parto de una de sus perras. Una carlino. Fue un parto natural y después de aquello me dejó hacer el seguimiento de los cachorritos desde dentro de sus filas. Vi cómo crecían, como se evaluaban tanto física como psicológicamente y al llegar el destete y las vacunas vi qué perro eligió para seguir criando con él y los parámetros que buscaba en un perro y en concreto para esa raza. Hasta vi cómo se llevaban los cachorros los futuros dueños, pero no a personas cualquiera y de cualquier forma. Desde luego cualquiera podía llevarse un cachorro siempre y cuando tuviera bien claro qué era un perro, cómo se cuidaba, qué necesidades tenía y cómo cubrirlas de forma correcta y sana.

Es cierto que después lo que realmente haga el dueño no puede ser controlado por el criador pero esos cachorritos se iban con todas las garantías y con el principio de una infancia hermosa.

En esa camada también salió algo mal. Contra todo pronóstico uno de los cachorritos desarrolló un pequeño problema de espalda. A veces en los carlino se piden dos cosas extremas. Una es tener los ojos saltones con muy poco morro. La siguiente es tener la cola muy enroscada y esta segunda condición puede hacer que la espalda se deforme. Ese cachorrito se vendió pero avisando del problema y con dos operaciones antes de salir del criadero. Desde luego hizo perder dinero, pero al menos la espalda del perrito ya estaba mejor y estaba esterilizado para que no pudiera tener descendencia.

Era el sueño de todo aquél que quisiera trabajar en ese mundo.

El día en que esa persona murió fue uno de los peores días de mi vida. Después de que eso ocurriera dejó de hablarse de su criadero de forma brusca pero igualmente yo quería trabajar por su memoria.

Cuando llegué las cosas no eran perfectas, lógico, pero no estaban tan degeneradas como en este punto en el que me encontraba, odiando lo que más había amado en mi vida.

Llegué al mostrador:

—Me han dicho que hoy me toca atender aquí.

La chica de la recepción asintió con una sonrisa:

—Sí. Nuestro veterinario está de baja y necesitamos que atienda a muchos cachorritos.

Si era ennegrecer el alma verlos nacer de la forma que lo hacían y verlos crecer a la sombra del raquitismo y la sarna, ver exactamente lo mismo sobre los brazos de sus familias (porque nunca tuvieron antes una familia) era desgarrador.

Los dueños se quejaban. Los síntomas se habían agravado y se llenaron bolsas de basura con cachorros que se cambiaron por otros o se devolvió el dinero ante quejas y lloros.

Tristemente se le llama normal a todo aquello que hace la mayoría de la gente.

Viendo todo lo que vi aquél día decidí que la normalidad apesta.

Y poca gente reclamando porque se le devolvía lo adquirido… Material. Porque psicológicamente el cariño perdido era una cicatriz que tardaba en sanar pero no hacía aprender a nadie.

Si se podía pagar poco por una vida sin responder varias preguntas. ¿Por qué no?

Fue… El peor día de mi vida. No solo tuve que lidiar con los problemas de perros de siempre sino que además estaban las personas… Esas personas…

Personas enfadadas, tristes, culpables. Personas que se preguntaban qué habían hecho mal, por qué su cachorrito estaba enfermo y culpándose de haber sido malos “padres”.

Lo peor de todo era que tenía que mentirles a esas personas, confirmar sus sospechas de que habían hecho algo mal, sin poder decir que su primer error fue comprar a su nuevo miembro de la familia sin preguntar, sin pedir garantías de la calidad de vida de los padres, conformándose con el precio más barato del mercado, esos pobres bastardos…

Caí rendido sobre la silla de la consulta cuando dejaron de entrar personas y me desplomé sobre la mesa, llorando.

No podía seguir así.

Lo peor de todo era que…

No podía seguir así sabiendo que se hacían las cosas así. Nada era lo mismo. Por mucho que me despidiera y encontrara otro trabajo aquello me perseguiría por siempre… “Siempre” era la palabra más larga.

Eso si me era posible dejar lo que estaba haciendo sabiendo lo que estaba haciendo. Era un galimatías peligroso.

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