Bastardos, capítulo 10.

Si odiaba mi trabajo, odiaba mucho más que me supervisara una mirada clara.

Una perra seguía de parto tras un tiempo más que considerable. Había pasado más de un día y la perra estaba al borde del colapso.

Me agaché a su lado y la palpé:

—Necesita una cesárea ya. Los cachorritos no pueden salir.

—¿Están vivos?

Ya me había cerciorado de eso con el fonendo, pero sin una ecografía no la tenía todas conmigo:

—No es muy probable… El primero se ha atascado. Estamos obligados a la cesárea. Si no la hacemos el que quede vivo morirá.

Miró despectivamente a la setter y el inversor emitió su veredicto:

—Pues tírala.

—¿Tirar…, a la madre?

—Sí. No puedo permitirme una operación para no tener provecho después.

Fruncí el ceño y miré las conjuntivas de la perra. Estaba cianótica. Su pulso había caído.

—¿No has oído lo que te he dicho? —insistió.

Mi carro ya no disponía de medicamentos básicos así que traté de hacerlo lo mejor posible:

—Lo siento pequeña…

—¿Qué estás haciendo? —inquirió.

No necesitó respuesta al ver que cogí un escalpelo y abrí a la perra. No iba a sobrevivir de todas formas. Además ya se había arrancado a sí misma una pata. A penas se movía por el cansancio del parto prolongado mientras sacaba las placentas con los cachorritos.

La perra no llegó a aguantar hasta el final de la sangría. Solo había sacado dos cachorritos yo solo cuando expiró.

El inversor no se movió de mi lado hasta que terminé todo el trabajo. Hubieran sido ocho cachorritos de los que solo salieron dos con vida. La perra estaba destrozada por dentro. Aquella pequeña setter con tantos abortos a sus espaldas…

—Cuélaselos a otra perra y que los cuide —dijo el inversor—. Y no pienso pagarte un extra por esto. Quedas avisado.

Asentí sin mirarle. Evité acariciar a la perra que había empezado todo mi complot. Me sentía mal por ella, podría haber dejado de sufrir hacía tiempo, pero al menos gracias a ella dos setters se habían salvado de vivir su infierno. Estaba seguro de que ella estaría contenta por sus compañeras. Al fin y al cabo era un perro. Los perros son así, unos bastardos maravillosos.

El problema era que en ese momento no teníamos ninguna perra de un tamaño similar con cachorritos. No dije nada mientras metía a la madre en la gran bolsa de basura con el resto de su camada.

Al hacer el nudo miré alrededor. El inversor se había retirado. Las jaulas estaban más llenas que nunca de cachorritos. A penas nos quedaban adultos. Los beneficios obtenidos por nuestros propios cachorros, se estaba desplomando con rapidez. Lo que no sabía era cómo echar el freno a la nueva variante de negocio sin salir mal parado.

Al llegar al crematorio donde una pequeña montañita de cachorros aguardaban, abrí la bolsa de la setter y no evité abrazarla. Olía horrible y estaba sucia, pero necesitaba abrazarla con fuerza para prometerle que sus cachorritos no sufrirían nunca como ella y que los mantendría a salvo.

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