Edad ideal para empezar

Como ya comentamos en el apartado anterior, lo importante es que el perro y tú os lo paséis bien aprendiendo cosas el uno del otro, porque no solo aprenderá él. Conocerás mejor a tu amigo.

Como precisamente nos vamos a enfocar a pasar un rato agradable juntos, la edad no es determinante. A casi todos los perros les gusta aprender cosas nuevas, y a todos les viene bien mantener el cerebro en forma.

Si tu perro es mayor, tal vez le cueste más asimilar nuevos conceptos, pero los cachorritos no lo tienen más fácil, porque no son capaces de mantener la concentración durante mucho tiempo. Si tienes en cuenta este aspecto básico, no te frustrarás.

Eso sí, nos tenemos que asegurar de que el perro está sano. Eso es fundamental.

No me refiero al nivel de agilidad. Eso lo iremos viendo conforme hagamos ejercicios y sabremos hasta qué punto puede hacerlos. Me refiero a que, por ejemplo, si nuestro perro tiene dolores de espalda, es muy posible que no quiera sentarse o que lo intente, pero con dolor. Es lo último que queremos hacerle. Si no puede sentarse por problemas de espalda le enseñaremos otra cosa, como chocar la pata.

En el caso de perros muy mayores o cachorros, los ejercicios deben ser suaves. Unos, porque están desarrollándose, y otros, porque sus cuerpos empiezan a tener limitaciones.

En el caso de los adultos, iremos subiendo el nivel poco a poco, para que no les resulte aburrido o agotador.

Lo importante no es el ejercicio en sí, sino hacer algo juntos, y da igual la edad.

Bastardos, capítulo 11.

No pude cumplir mi promesa.

Uno de los cachorritos no fue capaz de sobrevivir esa noche a pesar de que me los había llevado a casa. Hasta había comprado una manta eléctrica para mantenerlos con calor. Les había dado de comer cada cuatro horas y los había limpiado. Ignoraba qué había pasado para que eso ocurriera, pero conociendo el origen del perrito había muchos problemas congénitos candidatos para acabar con la vida de los pequeños.

Tuve miedo al ir a trabajar. No podía dejar a la cachorrita que quedaba sola y no podía llevármela. Si descubrían que la estaba cuidando yo automáticamente me la quitarían. El amor y el cariño era algo que tenían que eliminar de la ecuación para que su modelo de negocio prosperara.

Por fortuna mi compañero de piso se ofreció a cuidar a la pequeña mientras yo trabajaba.

Al llegar a la nave los ojos claros de mi jefe me escrutaron como si hubieran descubierto un atisbo de alma.

—¿Dónde están los cachorros que nacieron ayer?

—No sobrevivieron —respondí.

Intenté que se me notara tan cohibido como siempre, con la cabeza baja.

—Cuando quites todos los cachorros de las perras, mátalas.

—¿Qué? —me sorprendí.

—Ya no son rentables.

Miré las jaulas. Algunos perros corrían en círculos, otros mordían los barrotes con las encías sangrantes vacías de dientes y algunos aullaban sin ruido tras operarles para extirparles las cuerdas vocales. Estaban los que se pasaban el día y la noche lamiéndose las patas y aquellos que la sarna los había cubierto casi por completo. No era ni la sombra de vida para un perro, pero estaban vivos.

Era lo único que les quedaba.

—¿No podemos dárselos a alguna protectora? Decimos que nos los hemos encontrado o algo así. No es necesario matarlos a todos.

—Enrique…

Tragué saliva. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.

—Quiero que en una semana todos estos perros sean incinerados. ¿Me has oído? TODOS.

—S-sí —titubeé, y me dejó de nuevo a solas entre jaulas llenas y llenas de desgraciados animales que estaba sufriendo en vida la peor de las torturas.

No podía seguir.

Fue el punto de inflexión.

Cuando llegué a casa y le di de comer y limpié a la cachorrita empecé a idear un plan. No le dije nada a mi amigo para no meterlo en ningún problema. Me fui a un locutorio y empecé a buscar sociedades animalistas. Debía parar aquello antes de una semana. No podía dejar que todos aquellos perros fueran asesinados solo porque ya no servían.

Era cierto que ya lo había hecho… pero no así, no tan repentinamente.

Hacía relativamente poco que asfixiábamos a los perros en lugar de ponerles una inyección, mucho más humanitaria y sin dolor. No podría aguantar matarlos a todos de esa forma tan cruel. Debía ayudar a los perros que quedaban. Era mi pequeña promesa a la joven setter y a su hija.

No me costó mucho encontrar amantes de los animales, el problema era que muchos solo eran charlatanes que pasaban post sobre injusticias y no las hacían propias. Solo comentaban que lo compartirían o hacían encuestas en páginas secundarias. También estaban los que grababan casos solo por conseguir visitas en internet. Eso no me servía de nada.

Contacté anónimamente en el ordenador trasnochado del locutorio con una cuenta nueva y desvinculada con mucha gente hasta que por fin alguien pareció encarar la situación desde el punto de vista correcto respetando mi anonimato. Fue a esa persona a quien le conté a grandes rasgos lo que estaba pasando y cómo iban a acabar los perros.

Estuvimos chateando un rato.

Fue reconfortante encontrar un clavo ardiendo entre tanto post sentimentalista y superfluo.

Aquella noche pude dormir sin pesadillas abrazado a mi cachorrita. A Maya.