Bastardos, capítulo 11.

No pude cumplir mi promesa.

Uno de los cachorritos no fue capaz de sobrevivir esa noche a pesar de que me los había llevado a casa. Hasta había comprado una manta eléctrica para mantenerlos con calor. Les había dado de comer cada cuatro horas y los había limpiado. Ignoraba qué había pasado para que eso ocurriera, pero conociendo el origen del perrito había muchos problemas congénitos candidatos para acabar con la vida de los pequeños.

Tuve miedo al ir a trabajar. No podía dejar a la cachorrita que quedaba sola y no podía llevármela. Si descubrían que la estaba cuidando yo automáticamente me la quitarían. El amor y el cariño era algo que tenían que eliminar de la ecuación para que su modelo de negocio prosperara.

Por fortuna mi compañero de piso se ofreció a cuidar a la pequeña mientras yo trabajaba.

Al llegar a la nave los ojos claros de mi jefe me escrutaron como si hubieran descubierto un atisbo de alma.

—¿Dónde están los cachorros que nacieron ayer?

—No sobrevivieron —respondí.

Intenté que se me notara tan cohibido como siempre, con la cabeza baja.

—Cuando quites todos los cachorros de las perras, mátalas.

—¿Qué? —me sorprendí.

—Ya no son rentables.

Miré las jaulas. Algunos perros corrían en círculos, otros mordían los barrotes con las encías sangrantes vacías de dientes y algunos aullaban sin ruido tras operarles para extirparles las cuerdas vocales. Estaban los que se pasaban el día y la noche lamiéndose las patas y aquellos que la sarna los había cubierto casi por completo. No era ni la sombra de vida para un perro, pero estaban vivos.

Era lo único que les quedaba.

—¿No podemos dárselos a alguna protectora? Decimos que nos los hemos encontrado o algo así. No es necesario matarlos a todos.

—Enrique…

Tragué saliva. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.

—Quiero que en una semana todos estos perros sean incinerados. ¿Me has oído? TODOS.

—S-sí —titubeé, y me dejó de nuevo a solas entre jaulas llenas y llenas de desgraciados animales que estaba sufriendo en vida la peor de las torturas.

No podía seguir.

Fue el punto de inflexión.

Cuando llegué a casa y le di de comer y limpié a la cachorrita empecé a idear un plan. No le dije nada a mi amigo para no meterlo en ningún problema. Me fui a un locutorio y empecé a buscar sociedades animalistas. Debía parar aquello antes de una semana. No podía dejar que todos aquellos perros fueran asesinados solo porque ya no servían.

Era cierto que ya lo había hecho… pero no así, no tan repentinamente.

Hacía relativamente poco que asfixiábamos a los perros en lugar de ponerles una inyección, mucho más humanitaria y sin dolor. No podría aguantar matarlos a todos de esa forma tan cruel. Debía ayudar a los perros que quedaban. Era mi pequeña promesa a la joven setter y a su hija.

No me costó mucho encontrar amantes de los animales, el problema era que muchos solo eran charlatanes que pasaban post sobre injusticias y no las hacían propias. Solo comentaban que lo compartirían o hacían encuestas en páginas secundarias. También estaban los que grababan casos solo por conseguir visitas en internet. Eso no me servía de nada.

Contacté anónimamente en el ordenador trasnochado del locutorio con una cuenta nueva y desvinculada con mucha gente hasta que por fin alguien pareció encarar la situación desde el punto de vista correcto respetando mi anonimato. Fue a esa persona a quien le conté a grandes rasgos lo que estaba pasando y cómo iban a acabar los perros.

Estuvimos chateando un rato.

Fue reconfortante encontrar un clavo ardiendo entre tanto post sentimentalista y superfluo.

Aquella noche pude dormir sin pesadillas abrazado a mi cachorrita. A Maya.

Bastardos, capítulo 10.

Si odiaba mi trabajo, odiaba mucho más que me supervisara una mirada clara.

Una perra seguía de parto tras un tiempo más que considerable. Había pasado más de un día y la perra estaba al borde del colapso.

Me agaché a su lado y la palpé:

—Necesita una cesárea ya. Los cachorritos no pueden salir.

—¿Están vivos?

Ya me había cerciorado de eso con el fonendo, pero sin una ecografía no la tenía todas conmigo:

—No es muy probable… El primero se ha atascado. Estamos obligados a la cesárea. Si no la hacemos el que quede vivo morirá.

Miró despectivamente a la setter y el inversor emitió su veredicto:

—Pues tírala.

—¿Tirar…, a la madre?

—Sí. No puedo permitirme una operación para no tener provecho después.

Fruncí el ceño y miré las conjuntivas de la perra. Estaba cianótica. Su pulso había caído.

—¿No has oído lo que te he dicho? —insistió.

Mi carro ya no disponía de medicamentos básicos así que traté de hacerlo lo mejor posible:

—Lo siento pequeña…

—¿Qué estás haciendo? —inquirió.

No necesitó respuesta al ver que cogí un escalpelo y abrí a la perra. No iba a sobrevivir de todas formas. Además ya se había arrancado a sí misma una pata. A penas se movía por el cansancio del parto prolongado mientras sacaba las placentas con los cachorritos.

La perra no llegó a aguantar hasta el final de la sangría. Solo había sacado dos cachorritos yo solo cuando expiró.

El inversor no se movió de mi lado hasta que terminé todo el trabajo. Hubieran sido ocho cachorritos de los que solo salieron dos con vida. La perra estaba destrozada por dentro. Aquella pequeña setter con tantos abortos a sus espaldas…

—Cuélaselos a otra perra y que los cuide —dijo el inversor—. Y no pienso pagarte un extra por esto. Quedas avisado.

Asentí sin mirarle. Evité acariciar a la perra que había empezado todo mi complot. Me sentía mal por ella, podría haber dejado de sufrir hacía tiempo, pero al menos gracias a ella dos setters se habían salvado de vivir su infierno. Estaba seguro de que ella estaría contenta por sus compañeras. Al fin y al cabo era un perro. Los perros son así, unos bastardos maravillosos.

El problema era que en ese momento no teníamos ninguna perra de un tamaño similar con cachorritos. No dije nada mientras metía a la madre en la gran bolsa de basura con el resto de su camada.

Al hacer el nudo miré alrededor. El inversor se había retirado. Las jaulas estaban más llenas que nunca de cachorritos. A penas nos quedaban adultos. Los beneficios obtenidos por nuestros propios cachorros, se estaba desplomando con rapidez. Lo que no sabía era cómo echar el freno a la nueva variante de negocio sin salir mal parado.

Al llegar al crematorio donde una pequeña montañita de cachorros aguardaban, abrí la bolsa de la setter y no evité abrazarla. Olía horrible y estaba sucia, pero necesitaba abrazarla con fuerza para prometerle que sus cachorritos no sufrirían nunca como ella y que los mantendría a salvo.

Bastardos, capítulo 9.

Hacía mucho tiempo que no iba a la tienda de mascotas del inversor. Ya no era mi trabajo. Hacía muchísimo.

La visión era exactamente igual al día que entré en ella por primera vez. Estaban las mismas fotos de personas sonriendo con muchos perros distintos. Casi todas ellas eran después de competiciones en las que habían salido exitosos con condecoraciones y alegrías para su dueño, que era un afamado adiestrador y criador. De hecho el mejor que yo hubiera conocido jamás.

La tienda no había cambiado a penas nada.

Era horrible.

Era horrible porque eso me hizo consciente de cómo había cambiado todo en poco tiempo.

Él había empezado criando chihuahuas de forma fortuita. Chihuahuas proporcionados con la máxima de conseguir perros saludables. Tras eso y enamorarse de estos animales consiguió unos caniches con una calidad de pelo impresionante y empezaron a arrasar en los campeonatos de belleza. Tras eso empezó a interesarse por los pastores alemanes al ver cómo trabajaban para la policía. Para cuando empezó a meterse en aquél mundo tenía unos huskys impresionantes que arrasaban en el tiro del trineo y empezó a contratar personal pero no para entrenar. Eso era lo que le gustaba a él. Consiguió una peluquera que le preparaba los schnauzer para las pasarelas y un veterinario que testaba a sus dálmatas para quitar a todos los que tuvieran sordera congénita de su sistema de cría y de desilusionó de los pastores alemanes de belleza por la grave displasia que empezaban a presentar los especímenes que creían perfectos y empezó con los pastores belgas malinois para el mondioring. ¡Hasta hizo de figurante! Y consiguió una cosa increíble y preciosa… Que sus pit bull entrenados tuvieran la licencia de perros de ayuda para mujeres que sufrían violencia de género. Perros de defensa para las más indefensas. Fiables y con más corazón que dientes.

Sus labradores volaban sobre las piscinas y llegaban hasta más de quince metros para conseguir el apport… ¿Qué veterinario no querría estar entre sus filas? Esa era mi aspiración. Ese era mi sueño… Y ojalá no lo hubiera conseguido nunca.

Recuerdo que de joven acudí a él y le dije qué era necesario para conseguir trabajar con él. Me dijo simplemente que ser el mejor en algo y yo quería ser veterinario. Entonces hizo algo increíble por mí… Me invitó al parto de una de sus perras. Una carlino. Fue un parto natural y después de aquello me dejó hacer el seguimiento de los cachorritos desde dentro de sus filas. Vi cómo crecían, como se evaluaban tanto física como psicológicamente y al llegar el destete y las vacunas vi qué perro eligió para seguir criando con él y los parámetros que buscaba en un perro y en concreto para esa raza. Hasta vi cómo se llevaban los cachorros los futuros dueños, pero no a personas cualquiera y de cualquier forma. Desde luego cualquiera podía llevarse un cachorro siempre y cuando tuviera bien claro qué era un perro, cómo se cuidaba, qué necesidades tenía y cómo cubrirlas de forma correcta y sana.

Es cierto que después lo que realmente haga el dueño no puede ser controlado por el criador pero esos cachorritos se iban con todas las garantías y con el principio de una infancia hermosa.

En esa camada también salió algo mal. Contra todo pronóstico uno de los cachorritos desarrolló un pequeño problema de espalda. A veces en los carlino se piden dos cosas extremas. Una es tener los ojos saltones con muy poco morro. La siguiente es tener la cola muy enroscada y esta segunda condición puede hacer que la espalda se deforme. Ese cachorrito se vendió pero avisando del problema y con dos operaciones antes de salir del criadero. Desde luego hizo perder dinero, pero al menos la espalda del perrito ya estaba mejor y estaba esterilizado para que no pudiera tener descendencia.

Era el sueño de todo aquél que quisiera trabajar en ese mundo.

El día en que esa persona murió fue uno de los peores días de mi vida. Después de que eso ocurriera dejó de hablarse de su criadero de forma brusca pero igualmente yo quería trabajar por su memoria.

Cuando llegué las cosas no eran perfectas, lógico, pero no estaban tan degeneradas como en este punto en el que me encontraba, odiando lo que más había amado en mi vida.

Llegué al mostrador:

—Me han dicho que hoy me toca atender aquí.

La chica de la recepción asintió con una sonrisa:

—Sí. Nuestro veterinario está de baja y necesitamos que atienda a muchos cachorritos.

Si era ennegrecer el alma verlos nacer de la forma que lo hacían y verlos crecer a la sombra del raquitismo y la sarna, ver exactamente lo mismo sobre los brazos de sus familias (porque nunca tuvieron antes una familia) era desgarrador.

Los dueños se quejaban. Los síntomas se habían agravado y se llenaron bolsas de basura con cachorros que se cambiaron por otros o se devolvió el dinero ante quejas y lloros.

Tristemente se le llama normal a todo aquello que hace la mayoría de la gente.

Viendo todo lo que vi aquél día decidí que la normalidad apesta.

Y poca gente reclamando porque se le devolvía lo adquirido… Material. Porque psicológicamente el cariño perdido era una cicatriz que tardaba en sanar pero no hacía aprender a nadie.

Si se podía pagar poco por una vida sin responder varias preguntas. ¿Por qué no?

Fue… El peor día de mi vida. No solo tuve que lidiar con los problemas de perros de siempre sino que además estaban las personas… Esas personas…

Personas enfadadas, tristes, culpables. Personas que se preguntaban qué habían hecho mal, por qué su cachorrito estaba enfermo y culpándose de haber sido malos “padres”.

Lo peor de todo era que tenía que mentirles a esas personas, confirmar sus sospechas de que habían hecho algo mal, sin poder decir que su primer error fue comprar a su nuevo miembro de la familia sin preguntar, sin pedir garantías de la calidad de vida de los padres, conformándose con el precio más barato del mercado, esos pobres bastardos…

Caí rendido sobre la silla de la consulta cuando dejaron de entrar personas y me desplomé sobre la mesa, llorando.

No podía seguir así.

Lo peor de todo era que…

No podía seguir así sabiendo que se hacían las cosas así. Nada era lo mismo. Por mucho que me despidiera y encontrara otro trabajo aquello me perseguiría por siempre… “Siempre” era la palabra más larga.

Eso si me era posible dejar lo que estaba haciendo sabiendo lo que estaba haciendo. Era un galimatías peligroso.

Bastardos, capítulo 8.

Caí rendido sobre el sofá con el olor de perro quemado pegado a mí. Ya me había duchado varias veces pero era imposible desprenderme de ello. Desde que Jaime se fue todo había cambiado. Yo hacía todo y la mayoría de los perros adultos que se usaban para criar tenían los días contados por el simple hecho de que comían demasiado. Ya casi no entraba el pienso en sus cuencos, sino barras y barras de pan duro que desechaba una fábrica cercana. Esa alimentación para una perra embarazada era un suicidio…

—Mira qué bonito es —dijo Rafael al verme.

Mi compañero de piso ignoró definitivamente que estaba hecho un ovillo en el sofá y me enseñó una foto.

Tardé en enfocar. Tuve que enjuagarme los ojos para dejar de ver aguas.

Esa foto…

Le quité el móvil de sus manos.

—Te gusta, ¿eh?

Cegado de la ira le devolví el teléfono empujándolo con violencia y haciéndolo caer.

—¡No me has hecho ni puto caso! —grité desesperado.

—¿Qué haces tío?

—¡Ni puto caso me has hecho, joder! ¡Ese perro es chihuahua con lhasa apso de un criadero de mala muerte!

—¿Y tú como sabes eso?

—¡Porque yo trabajo ahí!

Ambos nos quedamos mirando sin encontrar las palabras.

Negué con la cabeza despacio. ¿Qué había hecho?

—Tú… Tú trabajas en… —Se levantó bruscamente— ¡Eres un hipócrita!

Miré a ambos lados. Llamábamos bastante la atención. Me levanté y cerré la ventana y corrí la persiana del salón y empecé a dar vueltas a zancadas alrededor del sofá sin saber muy bien cómo actuar ni qué decirle.

—¿Cómo viven sus hermanitos? ¿En una granja?

—No…

Negué con la cabeza y rememoré el incidente:

—Su hermano murió poco después del parto.

—¿Cómo?

—Se pilló la cabeza con una de las rejas de su jaula y se asfixió.

—¿No tienen veterinario las veinticuatro horas del día?

—Solo yo.

—¿Pero por ley no deberían…?

—Solo cuando el gobierno va a hacer inspección.

—Pero si están muy mal la inspección debe sacarlo a la luz.

—Se llevan a otra nave unos días y se hace limpieza.

—¿Limpieza?

—Se mata todo lo que esté en malas condiciones o no sirve para criar.

—Pero yo vi fotos de…

—Por supuesto, hay fotos “de bonito” pero siempre son las mismas. Esos perros ya son más viejos que tú.

Ambos nos dejamos caer sobre el sofá, abatidos.

El silencio era lo menos doloroso que escrutar en esos momentos.

—¿Por qué trabajas ahí? —me preguntó mirando la foto del cachorrito en su móvil.

Me llevé las manos a la cara y me despeiné el flequillo:

—Empecé por necesidad. Ahora temo muchas cosas si hablo o dejo de trabajar para ellos. Si se enteran de lo que estoy haciendo…

—¿Qué haces?

Instintivamente encendí la tele. Me acerqué a él y empecé a tamborilear con los dedos sobre mis rodillas. Él apagó el teléfono y lo dejó en la parte más alejada de la mesa.

—Estoy haciéndoles fraude —dije.

—¿Con dinero?

—No… Con los perros.

—¿Cómo se hace eso con perros?

Recordé aquella mirada de setter que tenía miedo de seguir con vida.

—Estoy… llevándome todos los perros que puedo y dejando los que me dicen que cese.

—¿Cómo? —preguntó con curiosidad.

—Dejo a los perros con problemas de salud y dejo que críen con ellos. Los que tienen buena salud los cambio por esos y así hago que los cachorritos salgan mal con problemas y los devuelvan.

—¿Y funciona?

Suspiré con cansancio:

—Creo que les estoy haciendo un favor… Ya no quieren adultos. Solo cachorros. Los compran de fuera en peores condiciones que los nuestros. Todo lo que he hecho no ha valido para nada y aunque este año se han devuelto bastantes… La gente coge cariño a sus mascotas y les da hierro hacer esas cosas pero cada vez los problemas van a más.

Entonces Rafael se dio cuenta.

—¿Qué problemas puede tener nuestro cachorro?

Suspiré:

—Es mestizo. Toda la mierda que tengan los padres puede estar colapsada por eso.

—Pero qué puede tener —insistió con el corazón en un puño.

—La madre tiene bajones de azúcar, es sorda y soplo. Es una cachorra de un cruce peligroso de merlés y su padre y su abuelo son el mismo perro. Además su madre es hermana de ese padre y abuelo.

Era un galimatías genético pero mi amigo pareció entender que eso era un grave problema.

—Y el padre… Es uno de los lhasa que tenemos de bonito. Solo tiene una maloclusión leve. Aunque creo que puede tener cáncer. No lo sé. No hacemos esas pruebas en la nave.

—¿Y te lo llevarás algún día?

—No. Los perros “de bonito” se cuidan de otra forma.

—Malditos bastardos…

—No… Los bastardos son los perros y no tienen culpa de nada. Siempre son las víctimas del dinero.

—Joder tío, ya lo siento —intentó animarme Rafael.

—Deberías devolver el perro.

—¿Qué? —Se quedó en shock—. De… ¿Devolverlo? Dime… ¿Qué le pasaría si hiciera eso?

No podía contestarle una mentira. Sin embargo siempre sería mucho mejor que la pura verdad.

El silencio fue más incisivo que cualquiera de las palabras.

—No puedo hacer eso.

—Ya… Ese es el segundo mayor problema.

—¿Cuál es el primero?

—Que se los compren a ellos.

Bastardos, capítulo 7.

—¿En qué estás pensando?

Levanté la vista del bocadillo sin tocar. Jaime me miraba directamente:

—No… En nada.

—¿Sabes que quieren poner cámaras?

Fruncí el ceño:

—¿Cámaras? ¿Eso no es tirarse piedras en su tejado?

Jaime dejó caer sus hombros:

—Sospechan de nosotros. Creo que creen que nos llevamos perros. ¿Te lo puedes creer? ¿Qué haríamos con esos perros así? Seguro que no saben vivir de otra manera. Les apabullaría lo que hay fuera.

Jugueteé con el bocadillo. Estaba habiendo muchos cambios allí. Teníamos la lupa sobre nosotros.

—¿Cuándo piensan ponerlas? —le pregunté.

Se encogió de hombros y tragó:

—Cuestan dinero. Es solo una idea que tienen. Por cierto… Me han dicho que hay algo importante que decirte.

—¿Lo qué?

No confiaba que fueran buenas noticias. Es más… Ya estaba preparado para una puñalada más y en un sitio tan certero que me quedaría sin respiración.

—No vamos a reponer progenitores.

Ladeé la cabeza, pensativo:

—Eso tiene sentido. Más con la nueva política de negocio que están implantando.

Jaime asintió despacio mientras masticaba el último pedazo de su comida:

—Sí… Uno de nosotros sobrará.

—¿Qué? —me alteré solo de pensarlo.

—No necesitarán dos trabajadores.

—Pero…

Era una nave de tres mil metros cuadrados con un montón de perros a nuestro cargo, y para todo eso estábamos Jaime y yo. Dos personas. Una que curaba perros todos los días y otra que limpiaba y reparaba desperfectos. ¿Uno de los dos sobraba? ¿En qué cabeza cabía eso?

Levantó una mano:

—Tranquilo, Enrique, soy yo el que necesita irse de aquí.

—Jaime…

Sonrió tembloroso:

—Hago como que no me importa pero no puedo seguir aquí. Y menos sabiendo cómo se van a poner las cosas a partir de ahora. Esta semana he incinerado más perros que en un mes normal. Algunos incluso estaban vivos…

Parecía ser que Jaime no era tan entero como yo pensaba.

Era difícil serlo sin sentirte un monstruo.

Se levantó, cogió una bolsa de basura grande y se limpió los ojos llorosos:

—Es el peor trabajo que he tenido nunca… Lo único bueno que saco de aquí es a ti. Espero…, que estés bien.

Estar bien… ¿Estar bien? Es imposible estar bien cuando tu trabajo es destrozar el alma de los pequeños bastardos que su único pecado fue que los convirtieron en un producto.

Su único fallo ni siquiera era de ellos.