Hola, Jefa #6

Hoy me he sentido reconfortada.

Por desgracia, una persona cercana a la familia ha muerto. Ha sido más un día para evocar recuerdos que para ser recordado, pero bueno…

No había pisado un tanatorio desde cuando tú estuviste en uno, pero me alejaré de protocolos inexactos y abrazos a personas equivocadas y pasaré directamente a la sobremesa, por así decirlo.

Pasé la tarde con los primos. Hablamos, jugamos, cenamos… se hizo tarde, pero estuve muy a gusto. Evoqué cuando cenábamos juntas y jugábamos al rummy mientras veías el telediario. Te confieso, aún no puedo jugar a ese juego…

Hacía mucho que no cenaba en compañía. Ignoraba echar tanto de menos estar en familia. Hablando, sin hacer nada. Solo estar. Divagué mientras contaban una historia sobre Atenas, envidié tener a alguien en casa. Eché de menos escuchar historias. Deseé ser parte de algo más grande.

Y aquí estoy, en casa, escribiendo a solas en el ordenador, escuchando la lavadora de fondo. Eso también me recuerda a cuando, por las tardes, tú veías la telenovela de turno mientras yo le daba a las teclas. No entiendo cómo algo tan simple me hacía tan feliz, compartir tiempo contigo, con dos aficiones tan distintas.

Aún así, tendiéndote presente solo en recuerdos, sigo siendo feliz, a pesar del silencio de la televisión apagada, de la ausencia de tus historias, con el rummy criando polvo en una estantería, fuera de la bolsa de los otros juegos frikis, y solo porque no me veo capaz de explicarle a nadie por qué no puedo volver a jugarlo.

Ese juego es tu compañía en las cenas a lo largo de mi vida, y aún es un fragmento que no soy capaz de arreglar.

Jefa… ¿allá donde estás, sigues viendo telenovelas?

Hola, jefa. #5

Hola, jefa.

Me alivia “hablarle” a algo, ya que no hay tumba a la que recurrir.

Hoy me he acordado de ti. En realidad, no hay día sin recuerdos del pasado, pero hoy, tanto tiempo pasado, aún pienso tonterías, costumbres difuminadas por la falta de cotidianeidad.

Al ir a comprar, he visto una bolsa de torreznos. Los devorabas casi por kilos. He agarrado la bolsa con una sonrisa, la cual se ha congelado cuando mi cerebro me ha dicho:

“No te gustan los torreznos.”

—Pero a lo mejor le apetecen a ella —contesté al estante.

“Está muerta.”

“A lo mejor tiene hambre…”

Mi cerebro, lejos de enfadarse, me mostró unas imágenes bastante lejanas. El momento en el que fui a recoger la urna de tus cenizas con mi tío.

—No puedo creer que sea tan pequeñita… —le dije.

Es una frase tétrica, si piensas en cuándo se suele usar… al nacimiento de un bebé. Yo la asocio a eso, al menos, cuando la escucho.

Contigo en mis brazos, me fallaban las piernas al caminar hacia la furgoneta. Pesabas tanto en mi corazón… era increíble y duro seguir respirando.

la familia y yo te dejamos como tú habías pedido: libre, en el campo.

Esa noche, en casa, me desperté sobresaltada por la lluvia. Tomé tu chaqueta, y fui a la puerta, pensando que la necesitabas, porque hacía frío de diciembre.

Fue bastante estúpido. Realmente yo creía que tenías frío. El sentimiento era tan real como el del supermercado. En ese momento, pensaba en tu alegría al llevarte esos torreznos.

Me quedé más tiempo del necesario con la bolsa entre las manos. Con la mascarilla puesta y la intención de tocar lo mínimo necesario, sentí estar haciendo algo malo.

Dejé el producto, sin desistir en mirarlo, con la mente en blanco, siendo consciente de nuevo de que no estarías en casa al volver.

Es difícil hacerse a la idea, ¿verdad? ¿Tú también has hecho tonterías como esta, allá donde estés?

Hola, jefa. #4

Hola, Jefa.

Hoy ha sido un día emocionante.

Tenía muchas ganas de llegar al campo con los perros. Han pasado muchos días desde que no los veo. O mejor dicho, el tiempo se me ha hecho eterno.

La carretera estaba completamente vacía. Nadie iba ni venía, y una idea temeraria pasó por mi cabeza. Dudé un poco, pero al final lo hice. He puesto el Nissan a ciento ochenta kilómetros por hora. No creas que quería ir a verte —al menos de momento—, simplemente me apetecía hacerlo, y, ya sabes…

En mi defensa. diré que el todo terreno marca una cosa, pero en realidad va mucho más despacio. Al ir a cien por hora, el mapa del móvil me marca casi ochenta. ¿A cuánto habré ido realmente? También he hecho zig zags. ¡Ha sido muy divertido!

Y no te lleves las manos a la cabeza. Bien sabes que me hubieras incitado a hacerlo. También has hecho locuras con el viejo cuatro por cuatro, como meter diez críos en el maletero. Hoy sería impensable. También recuerdo cuando la policía nos pilló con Erik sin el cinturón de seguridad y la desbrozadora atravesando todo el coche, con las cuchillas entre tu asiento de piloto y el mío. No es la única barrabasada cometida por ti. Adelantaste a la policía con toda tu cara, superando la velocidad establecida en la zona de hospitales. Les debió hacer gracia ver un coche como el tuyo con ese descaro, ya que decidieron adelantarte de nuevo, y eso se convirtió en una carrera bastante inverosímil con las fuerzas de la ley. También tuviste la original idea de meterte campo a través, superando zanjas demasiado peligrosas. Cruzaste plazas peatonales esquivando los bolardos, patinaste con las ruedas por el hielo, y evitaste tantos accidentes que nadie dudaría de que tenías ángel.

Si hay algún policía leyendo esto… ¿Es verdad lo que he escrito? ¿Es ficción? En respuesta, sonreiría, diciendo el viejo dicho: cuando el gato no está, los ratones bailan.

Jefa, nunca llegaré a pisar el acelerador como tú. Solo espero estar al volante de la vieja cafetera todo el tiempo posible, cuidándola como tú lo hacías, con todo el cariño y respeto. ¡Aún no es metal de desguace!

Hola, jefa #3

Hola, jefa.

Hoy he tenido un sueño hermoso. En realidad, era una imagen.

He visto una mariposa de cristal, volando de noche, brillando en colores vibrantes, como si un led solar cambiara de tono cada poco. Se alza, impertérrita, hacia el firmamento, donde se convierte en una estrella fugaz increíble.

Te voy a explicar todo el significado de esa imagen en pocas palabras.

Decenas, sino cientos de veces, me hablaste de las mariposas. Te gustaban mucho las de Urrizola, aquel pueblo en el que te criaste. Las enumerabas como estrellas, infinitas, hermosas, volando por todo el prado, llenando de color el césped, como si fueran flores en movimiento.

Eso es solo un detalle. Necesito más para convencerte… la mariposa es un símbolo de tu presencia.

Luisan, un buen amigo, cayó enfermo. Fuiste a verlo, con una diadema. Solías llevarlas cuando te tocaba un buen corte de pelo. Así podías recogerlo de alguna manera, tan loco como siempre. Pues bien, estuviste para saber cómo estaba. Desgraciadamente, fuiste lo último que vio. Tu recuerdo más increíble: confundió el adorno azul de esa diadema con una mariposa, antes de marcharse. ¿Recuerdas?

No pude creerme la lúgubre noticia, y no conseguí hacer nada para consolarte, pero dijiste, sin dudar, que nunca más ibas a llevar esa diadema. Por desgracia, a día de hoy, no sé dónde está. No sé qué hiciste con ella. Supongo tu dolor al verla.

Si aún no estás segura de ser tu símbolo, como también parece el de Maná… Todo lo brillante, lo comprabas. Para ti y tus hermanas… como esas balizas de mariposas solares.

El domingo, caminaba de noche por el campo, cuando vi dentro del invernadero un led. Me sorprendió advertir los colores difusos por el plástico… me acerqué a ver qué podía ser. Era una de las mariposas de luz que habías comprado. Me quedé sentada sobre la paja hasta ver su luz extinguirse. Al día siguiente, la pequeña plaquita solar la cargó de nuevo.

Fue como tenerte un poquito más cerca.

Si siguieras aquí, seguramente me tacharías de tonta al decirte que tu símbolo, sin duda, es una mariposa.

Jefa… no hace falta que te lo diga, pero cuando vaya al otro lado, si ha pasado mucho tiempo y mi memoria hace aguas, ven a buscarme con luz en tus alas.

Hola, jefa #2

Hola, jefa.

Esta noche ha pasado algo increíble.

Estaba viendo las estrellas fugaces en el campo, como solíamos hacerlo todos los veranos. Siempre me quedaba dormida, porque no aguantaba con las incómodas gafas puestas, y siempre me perdía el momento más intenso de perseidas. Nunca me despertabas, y me enfadaba contigo por eso.

Los siguientes estíos no he sido capaz de perderme el espectáculo. Es una forma de sentirte un poco más cerca.

Este año, perdí a Éboli… Viví todo un cambio personal con ella: terminé los estudios, dejamos el bar, empecé las guarderías caninas y las peluquerías, publiqué mis primeros libros, compré mi casa… te perdí, y estuve con ella, postrada en cama durante demasiado tiempo por una enfermedad. Y más cosas. Muchas más. Imposible enumerar todo lo vivido con ella… Y la echaba de menos también. Ghost, su inseparable compañero, estaba dormido, a mi lado. Me recordó un poco a mí misma cuando me perdía las estrellas.

—Ghost…

El perrillo viejo seguía descansando.

De repente, no sé por qué, le dije:

—¿Echas de menos a Éboli?

El eterno drogado, siempre caminando a paso de reggae, abrió mucho los ojos, movió la cola como un helicóptero y empezó a mirar alrededor con las orejitas tiesas. Después, casi sonriente, estampó su cabecita contra mi cuerpo.

—Tú también quieres a Éboli.

Al escuchar de nuevo el nombre, la velocidad del rabito se aceleró de nuevo, y miró con esperanza, buscando algo, para terminar oteando el cielo durante largo rato. Los dos lo hicimos. Yo, al menos, con lágrimas en los ojos.

Me encanta compartir un dolor así de bonito con Ghost. Al fin y al cabo, los dos hemos vivido muchas cosas con Éboli, y contigo. Os hemos querido y seguimos haciéndolo. El problema es que no sé cómo recordarle tu presencia, ya que no me relacionaba contigo como con los perros. Apenas usaba tu nombre cuando estábamos todos juntos.

Jefa… ¿Cómo puedo traerle tu recuerdo para volver a unirnos de esta manera?