LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO FINAL.

Abrió mucho los ojos y paró en seco. Parecía haber caído en algo repentinamente.

Ambos me miraron: –Tenemos algo que enseñarte.

Aquel fatídico día

La escasa luz que entraba en aquel lugar lo hacía más tenebroso si pudiera.

–Otoño vino hace unos siete años, ¿verdad?

Asentí apesadumbrado, así que la rata continuó: –Mira esta maqueta.

Me apoyé sobre aquella vitrina y vi un tren de metro en una imagen parada pero llena de movimiento. Era uno de esos metros que habíamos visto, pero saltaban chispas por todas partes mientras algunos vagones salían del raíl. No entendía muy bien aquello, pero la rata leyó una insignia dorada: hacía siete años un vagón de metro falló y salió de su carril, provocando un mar de chispas por el rozar de su carrocería al perder pié, en un accidente en el que murieron varias personas.

No me costó trabajo ver allí a Otoño, confundido, saliendo a toda pastilla de allí sin mirar atrás.

No había duda.

Él estuvo presente en ese accidente en el que lo confundió absolutamente todo. Pero no era de extrañar… yo confundí una grúa con una serpiente de hielo, todo nos era nuevo y no entendíamos cómo iban las cosas por allí.

Sin saber por qué, me alegré. Mis orejas recuperaron su sitio original y me alegré. Un temblor recorrió mi espalda y me sentí bien. Mi misión había terminado.

O… ¿quizás no?

–¡Mirad!

Nos acercamos donde el gato estaba, mirando una foto enorme. Eran los restos que habían quedado del tren que hacía siete años avivaron la imaginación de alguien que siempre se basaba en lo científico, pero con tanto miedo a volver, que nunca dijo nada precisamente por esto, por errar en lo que vio y sintió en aquel fatídico día.

La rata se acercó a mí y me dio un panfleto: –Toma, llévale esto a Otoño.

Sonreí nuevamente y tomé entre mis patas aquel papel en el que venía todo lo que habíamos visto en la exposición con gran lujo de detalles. Lo enrollé y lo enlacé con mi campanita.

–Supongo que ya no haces nada aquí.

–No, supongo que no –suspiré apenado–. Pero vosotros tampoco.

–¡Tranquilo! Nos apañaremos. Hemos vivido siempre en esta jungla, ¿verdad?

El gato la miró y asintió.

Una nueva vida

Llegamos a la salida de la cuidad. La luz me impedía ver las estrellas que en el campo volverían a acompañarme.

–Espero no volver a verte nunca cachorro. Así sabré que estás bien.

Me giré para verles por última vez y vi un gato triste y una rata que guardaba la compostura por los bigotes. Fue entonces cuando me di cuanta de que todo no podía acabar así. No había encontrado una serpiente de hielo real pero había sacado mucho más: dos nuevos amigos y entre los tres habíamos resuelto un gran misterio: –Pues… a mí sí que me gustaría volver a veros.

–¿Y volver a liarla parda? ¡pasamos! Nos gusta nuestra cabeza sobre nuestros hombros, gracias.

–¿Y qué me diríais si os dijera que… mi caseta es grande?

El gato levantó las orejas de inmediato, pero la rata pareció reticente: –¿Y compartir mis pulgas contigo? ¡no! ¡ni se te ocurra!

El gato empezó a brincar: –¡Yo quiero una caseta! ¡quiero marcarla! ¡con un comedero! ¡con comida siempre!

–¡Gato! Deja de hacer el idiota y ven aquí.

Yo sonreí: –Mamá rata, creo que tu niño gato ha decidido.

Ella sonrió vacilona: –Pues papá perro… ¡todo tuyo!

Puse una cara de poema, estoy seguro. ¡Menos mal que la rata hizo un último giro!

–Parece que los cachorritos han elegido… ¡Bueno! siempre quise ser una desdentada rata de pueblo. Eso sí, con derecho a una buena biblioteca. Las costumbres de una rata de biblioteca son difíciles de cambiar. Dile a ese amigo tuyo que su santuario ahora tendrá que ser para dos.

Sonreí, estoy seguro que ladré de la emoción de llevarme a mis dos nuevos amigos a mi pueblo, donde ya no tendrían que preocuparse de las penurias de la cuidad (aunque quizás la rata seguiría sufriendo un pequeño vacío humano a su alrededor).

Aso sí, yo me ocuparía personalmente de que nunca más les faltara ni cobijo ni comida… Ni un amigo brasas.

LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 10.

¡La serpiente de hielo al fin!

–Esa… es…

–¿La serpiente de hielo? –preguntó el gato, muy extrañado mientras la rata hacía conexiones neuronales. Desde luego le había pillado fuera de juego y muy perdida. ¿quién se lo iba a esperar?

Pasé justo por su lado mientras ella pensaba en ello, mientras la serpiente de hielo huía con muchísima rapidez. De hecho, cuando me asomé por su madriguera ya a penas se veía algo al final. Un simple destello.

Corrí mientras se alejaba por esa gran madriguera por la que había huido. ¡Ya casi no se veía! Sin casi… no se veía. Por mucho que corriera no la alcanzaría nunca: –¡Oh, no! hemos llegado tarde. –gruñí desesperado.

–¿Tarde? ¿por qué? Si pasará otro ahora.

Le miré extrañado al gato pero a penas me dio tiempo a preguntarle porque un siseo empezó a oírse a lo lejos.

¡Volvía!

¡La serpiente volvía!

Y esta vez estaría yo en medio de su camino y la cazaría.

Sin dos dedos de frente

Me planté orgulloso en medio de su camino, pero mi elegante estampa se vio rota por la rata: –¡Quítate de ahí ahora mismo, perro idiota! ¡Te va a matar!

–¡No! Tengo que cazarla.

Y empecé a gruñir, pero la rata seguía apoyada sobre la acera, mirándome desde arriba, fuera de la madriguera: –¡Te daré todas las latas de comida de perro caducadas que quieras, pero sal de ahí ahora mismo!

Susurré entre dientes que este era el cometido de mi vida, pero mi semblante no paralizó a la serpiente, que a pocas estuvo de tragarme, si no fuera por el gato y la rata, que me empujaron hacia un miserable hueco entre la tripa de la sierpe y el suelo. Entonces lo entendí. Nada más pasar sobre nuestros cuerpos me levanté y la seguí corriendo: –¡No es una serpiente! ¡¡¡Tiene patas!!!

–¿Qué tiene…? ¡Esto es increíble! –La rata cada vez estaba más fuera de quicio. La guinda del pastel la puso el gato: –Oye… ¿Ahora que somos? Porque esto no me suena de nada…

Aquel bicho se me había vuelto a escapar, pero otro, o tal vez el mismo tras darse la vuelta, volvía. No sabía si era mi última oportunidad, así que tenía que ser la definitiva.

Para mi sorpresa, aquel bicho paró poco antes de que llegara a mi altura y corrí hacia él, tratando de morderle, pero la rata se adelantó: –¡No, claro que no es una serpiente! ¡no tiene patas, tiene raíles! ¡¡¡Es un maldito tren de metroooooooo!!!

Yo, como podéis imaginar, estaba demasiado ocupado mordiendo la carrocería (sí, sé lo que es la carrocería, después sabréis por qué). No creo que sea necesario decir que no la abollé ni un poquito, pero me dejé los dientes en el intento, y con más frenesí cuando el tren de metro arrancó, pero se me escapó de las patas.

Jadeé, agotado, dándole vueltas a la cabeza sobre cómo podría llevársela a Otoño si a penas le hacía daño mordiéndola pero la rata fue muy tajante. Me cogió del collar con la pata y me estampó en la cara un enorme cartel con un dibujo: –¡Ésta es tu serpiente!

Miré el cartel. En realidad era una gran pintada en la pared con una de esas serpientes blancas y azules que habíamos visto. La verdad era que se parecía al dibujo de Otoño, sobre todo en el fondo, el lugar. Luego, claro está, la serpiente, o en este caso, tren de metro, cambiaba mucho.

La rata parecía haberse quedado sin aire, tumbada panza arriba en el suelo. El gato, saliendo de la madriguera, también pareció sucumbir. Durante casi media hora estuve mirando aquel cartel oyendo pasar trenes de metro tras de mí.

Algunos de los pasajeros incluso me sacaron fotos.

Ánimo para nada

Se miraron mientras me veían venirme abajo al descubrir la realidad.

La rata pareció auto-tranquilizarse y empezó a hablar con el gato. No sé de qué hablaron pero seguro que hablaban de mí. Ya no tenía nada que hacer allí… pero me había quedado con tan mal cuerpo que no tenía ganas de andar. Toda mi energía había desaparecido y fue entonces cuando me di cuenta de que llevaba mucho tiempo sin llevarme nada a la boca.

–Oye…

–Déjalo rata. No tengo ganas del sermón de siempre. No te preocupes. Sé dónde está la salida. Pronto me iré al pueblo.

–¡Yo quiero ir al pueblo!

La rata lo fulminó con la mirada: –¡Gato!

–¿Qué? ¿vamos a comer?

Su cara inocente hizo que la rata, como muchas otras veces, lo ignorara: –No vengo a soltarte el sermón cachorro. Venimos a echarte una pata. ¿Te acompañamos a la salida de la ciudad? Suponemos que ahora con el ánimo por los suelos… ¡en fin!

No dije nada. Simplemente los seguí con paso lento.

Justo al salir del metro, el gato comentó algo: –¿Y si vamos al sitio de los ninjas?

–Deja, deja. Nunca más vas a ser un ninja en un museo. A pocas rompes el…

LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 9.

Un gato… no tan tonto.

Cuando ya toda mi vida había pasado ante mis ojos, un tirón muy fuerte casi me sesgó el cuello. Creo que fue el instinto de supervivencia, no sé, pero conseguí asirme al lugar en el que mi collar se enganchó y subí.

¡Aire! no sabía muy bien qué ocurría pero tuve suficientes fuerzas como para colarme por aquel agujero y subir a un sitio húmedo pero no inundado. Luego vi que el suelo no era húmedo, que lo estaba mojando yo.

Oí tras de mí sonoros estornudos, y es que la rata se había agarrado a mi cola. ¿Cómo lo habría conseguido?

Tanto ella como yo miramos al frente. El gato, tirado delante de nosotros, había abierto una alcantarilla.

La alcantarilla que nos había salvado a todos.

Una vida dura

Yo no era el único que boqueaba angustiado tras aquello. La rata también estaba medio asfixiada pero no lo suficiente como para no recriminarme: –¿Ves cómo tenía razón? ¿ves cómo teníamos que irnos? –Sus regañinas eran estoicas. Parecía imposible que alguien hablara con tanta claridad con tan poco aire en los pulmones.

Estornudé sonoramente, echando más agua por la boca. El gato era el que más tranquilo parecía. Claro… si yo también estuviera inconsciente… ¡ojalá estuviera inconsciente!

–Pero… ¿qué ha pasado? –pregunté cuando pude respirar medianamente bien.

–¿Que qué ha pasado, perro idiota? ¡que mucha gente ha tirado de la cadena al mismo tiempo! –mi mirada de “no entiendo nada” debió enfurecerla… ¡si supiera qué tenía que ver una cosa con la otra no haría tantas preguntas!– en mi vida he estado tantas veces expuesta a la muerte. ¡Y todo por ti, estúpido can!

–Yo… –No tenía nada que agregar.

–Si aún tienes un poco de cabeza te irás a tu pueblo y no volverás aquí jamás. ¿Estamos?

Asentí lentamente, mirando al gato. ¿Cómo reaccionaría al despertar?

La rata pareció quedarse anonadada. ¿De verdad era cierto que al fin le haría caso? Contra todo pronóstico, abatida, se sentó a mi lado: –Esto no es para ti. Créeme, haces bien marchándote.

–No sé…

–No encontrarás esa serpiente, Atreyu. No porque lo diga yo… sino por lo que he vivido. Conozco muy bien la cuidad, todos sus recovecos, todos los antros… Y nunca la he visto.

–Yo… tenía la ilusión de ayudar a Otoño de verdad. De darle una gran alegría y hacer que estuviera orgulloso de mí.

Aguardó un momento en silencio. Uno tan solo: –¿Sabes qué tienes que hacer para que Otoño esté orgulloso de ti? Estar orgulloso de ti mismo. Si tú no te quieres nadie te querrá –la miré muy hondo. Tanto que supe leer en sus ojos sus penurias–. No puedes depender tanto de nadie. No digo que no sea bueno, sino que todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Incluso Otoño –¿de verdad Otoño podría equivocarse con algo tan importante?–. Cuando quieres mucho a alguien y lo respetas a veces te crees todo lo que te dice a pies juntillas, ¡aunque sea el mayor disparate del mundo! pero hay que darse cuenta de que todos podemos errar en lo que pensamos y en lo que decimos.

Suspiré apesadumbrado, dándole algo de razón.

Hasta entonces solo yo creí en una tontería, en algo tan irreal pero tan extraordinario que… sí, estaba perdiendo la fe. Estaba empezando a encajar el golpe.

Esa serpiente de hielo era cada vez más fantasma en mi cabeza, menos real.

–Fal… falta el metro, ¿no?

Tanto la rata como yo lo miramos. El gato parecía como saliendo de un sueño, algo mareado, pero sabía que lo siguiente pactado era el tren…

La rata suspiró: –Sí, solo falta el tren.

Se levantó y nos hizo un gesto con la cabeza. Ambos le seguimos como corderitos. Aunque el gato como un corderito cojo.

El sobresalto del metro

Nadie supo cómo carajo había conseguido abrir la tapa de la alcantarilla. Eso es algo que creo que desconoceremos siempre ya que cuando le preguntábamos nos saltaba con algo tipo Sherlock Holmes o Jack Sparrow. ¡Cuánto daño ha hecho el cine y la litaratura!

Fue la rata quien se lo intentó sonsacar porque yo estaba demasiado deprimido como para hacer preguntas. Miraba el suelo mientras lo pisaba, negro y frío.

Una serpiente de hielo… ¡qué estúpido sonaba ahora!

Estornudé un par de veces. El ambiente estaba algo cargado, como si un tubo de escape casi me diera en los morros.

La rata dijo algo sobre la ventilación del lugar, como que se había estropeado, pero eso poco me llamaba la atención ahora. ¿Con qué cara volvería yo al pueblo? No tenía nada nuevo que enseñarle a Otoño porque había ido en busca de una mala pesadilla.

Elevé la vista un poco y todo me pareció moverse con mucha rapidez. Muy confuso. ¿Qué hacía toda esa gente ahí?

Abrí mucho los ojos y rasqué el suelo con las dos patas con frenesí. La rata se giró (la veía bien porque la gente había hecho un gran círculo a su alrededor): –¿Qué haces? ¿pretendes excavar la brea? –sonrió lasciva– Esto es lo que colma el… –vio mi cara mientras la elevaba poco a poco escuchando ligero siseo que se transformó en un sonido de ultratumba tal y como describió Otoño. La rata se giró y miró hacia mi misma dirección y pareció entender justo lo que yo estaba pensando en ese momento y con cara de horror trató de acercarse a mí.

Pero yo ya no estaba.

Volvía a ser presa de mi fuerte instinto cazador.

LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 9.

Un gato… no tan tonto.

Cuando ya toda mi vida había pasado ante mis ojos, un tirón muy fuerte casi me sesgó el cuello. Creo que fue el instinto de supervivencia, no sé, pero conseguí asirme al lugar en el que mi collar se enganchó y subí.

¡Aire! no sabía muy bien qué ocurría pero tuve suficientes fuerzas como para colarme por aquel agujero y subir a un sitio húmedo pero no inundado. Luego vi que el suelo no era húmedo, que lo estaba mojando yo.

Oí tras de mí sonoros estornudos, y es que la rata se había agarrado a mi cola. ¿Cómo lo habría conseguido?

Tanto ella como yo miramos al frente. El gato, tirado delante de nosotros, había abierto una alcantarilla.

La alcantarilla que nos había salvado a todos.

Una vida dura

Yo no era el único que boqueaba angustiado tras aquello. La rata también estaba medio asfixiada pero no lo suficiente como para no recriminarme: –¿Ves cómo tenía razón? ¿ves cómo teníamos que irnos? –Sus regañinas eran estoicas. Parecía imposible que alguien hablara con tanta claridad con tan poco aire en los pulmones.

Estornudé sonoramente, echando más agua por la boca. El gato era el que más tranquilo parecía. Claro… si yo también estuviera inconsciente… ¡ojalá estuviera inconsciente!

–Pero… ¿qué ha pasado? –pregunté cuando pude respirar medianamente bien.

–¿Que qué ha pasado, perro idiota? ¡que mucha gente ha tirado de la cadena al mismo tiempo! –mi mirada de “no entiendo nada” debió enfurecerla… ¡si supiera qué tenía que ver una cosa con la otra no haría tantas preguntas!– en mi vida he estado tantas veces expuesta a la muerte. ¡Y todo por ti, estúpido can!

–Yo… –No tenía nada que agregar.

–Si aún tienes un poco de cabeza te irás a tu pueblo y no volverás aquí jamás. ¿Estamos?

Asentí lentamente, mirando al gato. ¿Cómo reaccionaría al despertar?

La rata pareció quedarse anonadada. ¿De verdad era cierto que al fin le haría caso? Contra todo pronóstico, abatida, se sentó a mi lado: –Esto no es para ti. Créeme, haces bien marchándote.

–No sé…

–No encontrarás esa serpiente, Atreyu. No porque lo diga yo… sino por lo que he vivido. Conozco muy bien la cuidad, todos sus recovecos, todos los antros… Y nunca la he visto.

–Yo… tenía la ilusión de ayudar a Otoño de verdad. De darle una gran alegría y hacer que estuviera orgulloso de mí.

Aguardó un momento en silencio. Uno tan solo: –¿Sabes qué tienes que hacer para que Otoño esté orgulloso de ti? Estar orgulloso de ti mismo. Si tú no te quieres nadie te querrá –la miré muy hondo. Tanto que supe leer en sus ojos sus penurias–. No puedes depender tanto de nadie. No digo que no sea bueno, sino que todo el mundo tiene derecho a equivocarse. Incluso Otoño –¿de verdad Otoño podría equivocarse con algo tan importante?–. Cuando quieres mucho a alguien y lo respetas a veces te crees todo lo que te dice a pies juntillas, ¡aunque sea el mayor disparate del mundo! pero hay que darse cuenta de que todos podemos errar en lo que pensamos y en lo que decimos.

Suspiré apesadumbrado, dándole algo de razón.

Hasta entonces solo yo creí en una tontería, en algo tan irreal pero tan extraordinario que… sí, estaba perdiendo la fe. Estaba empezando a encajar el golpe.

Esa serpiente de hielo era cada vez más fantasma en mi cabeza, menos real.

–Fal… falta el metro, ¿no?

Tanto la rata como yo lo miramos. El gato parecía como saliendo de un sueño, algo mareado, pero sabía que lo siguiente pactado era el tren…

La rata suspiró: –Sí, solo falta el tren.

Se levantó y nos hizo un gesto con la cabeza. Ambos le seguimos como corderitos. Aunque el gato como un corderito cojo.

El sobresalto del metro

Nadie supo cómo carajo había conseguido abrir la tapa de la alcantarilla. Eso es algo que creo que desconoceremos siempre ya que cuando le preguntábamos nos saltaba con algo tipo Sherlock Holmes o Jack Sparrow. ¡Cuánto daño ha hecho el cine y la litaratura!

Fue la rata quien se lo intentó sonsacar porque yo estaba demasiado deprimido como para hacer preguntas. Miraba el suelo mientras lo pisaba, negro y frío.

Una serpiente de hielo… ¡qué estúpido sonaba ahora!

Estornudé un par de veces. El ambiente estaba algo cargado, como si un tubo de escape casi me diera en los morros.

La rata dijo algo sobre la ventilación del lugar, como que se había estropeado, pero eso poco me llamaba la atención ahora. ¿Con qué cara volvería yo al pueblo? No tenía nada nuevo que enseñarle a Otoño porque había ido en busca de una mala pesadilla.

Elevé la vista un poco y todo me pareció moverse con mucha rapidez. Muy confuso. ¿Qué hacía toda esa gente ahí?

Abrí mucho los ojos y rasqué el suelo con las dos patas con frenesí. La rata se giró (la veía bien porque la gente había hecho un gran círculo a su alrededor): –¿Qué haces? ¿pretendes excavar la brea? –sonrió lasciva– Esto es lo que colma el… –vio mi cara mientras la elevaba poco a poco escuchando ligero siseo que se transformó en un sonido de ultratumba tal y como describió Otoño. La rata se giró y miró hacia mi misma dirección y pareció entender justo lo que yo estaba pensando en ese momento y con cara de horror trató de acercarse a mí.

Pero yo ya no estaba.

Volvía a ser presa de mi fuerte instinto cazador.

LA SERPIENTE DE HIELO, CAPÍTULO 8

El color rojo

La rata pareció tranquilizarse: –Tengo hambre. ¿Nos vamos?

Al hablar de comer noté algo raro en la boca, como… ¿seca? Traté de quitarme ese acre sabor de la boca con unas muecas, llamando la atención del gato, que inocentemente maulló: –¡Ey! ¡hueles a mí!

–Eh… ¿qué? ¿cómo que huelo a ti?

–¿Ves para qué sirve marcar el coche, rata? ¡tengo un perro!

–Sí… –suspiró con cansancio– ¡Para lo que te va a valer ese perro! Más te vale ser dueño de un coche de medio centímetro de alto.

–¡Habrá que elegir otro nuevo! –estaba como un crío en una tienda de juguetes.– ¡Este, este! ¡quiero el rojo!

Miré extrañado: –¿Rojo? pero… ¡si es gris!

La rata paró delante mientras que el gato corrió para hacer lo propio: –¿Gris? –se quedó pensativa un momento hasta que pareció recordar algo repentino– ¡ah, ya entiendo! no me acordaba…

Arrugué el morro: –¿De qué?

–De que los gatos no pueden ver el color rojo. Su mundo pasa de los tonos azules a los amarillos.

–¿Los gatos no ven a color?

–¡Claro que sí, tonto! ¿no lo acabo de decir?

–Dices que no ven…

–Lo aclararé; no veis. Ni los gatos ni los perros veis el color rojo. Los ojos están compuestos, en su capa más interna, por conos y bastones. Los bastones se encargan de captar la cantidad de luz y los conos de captar las variaciones de onda de la luz. Oséase, el color. Vosotros no tenéis conos que capten los tonos rojos, así que… ¡a chincharse!

–¿Y las ratas…?

–¡Ey! Yo soy súper yo, ¿estamos?

–¿Y yo soy súper yo?

Ambos miramos con el mismo ademán cansino al estúpido gato. En el fondo me caía bien. Muy en el fondo. Tan en el fondo que un pozo no llegaría mejor.

La rata se rió un poco por lo bajo. Creo que el coche que teníamos delante era en realidad gris y no rojo.

Bajo tierra

Caminábamos por un parque de la ciudad. Todavía no podía darme por vencido, así que le pregunté a la rata dónde podría estar la serpiente. Cansada, accedió a darme un paseo turístico por la cuidad para que me desencantara y me fuera a casa. Pero algo no me cuadraba: –Otoño me dijo que estaría bajo tierra.

–No te preocupes. Sabremos dónde está cuando miles de personas salgan corriendo y gritando como miserables ratas –la miré de verdad extrañado–. Es una forma de hablar.

Entonces me entró curiosidad: –¿Y no puede rondar por las alcantarillas?

–No.

–No sé… Igual puede que te fueras de las alcantarillas por miedo a encontrarla.

Al reír amargamente enseñó toda su dentadura: –Hay cosas peores, cachorro.

Me subí al borde de la papelera en la que se había metido: –¿Peores que…?

–¿Una espacie de alucinación que ha tenido el viejo del pueblo? Pues sí. ¿Te gusta la cáscara de plátano?

Diciendo esto me tendió un asqueroso trozo de “algo”: –No, la verdad es que no.

El gato la cogió y empezó a examinarla: –Es plátano pasado. Está marrón. Oscuro más que claro. Seguramente lo compraron hace días. Semanas incluso. Puede que se lo haya comido una persona. Hace más de tres días, probablemente. Seguro que se lo ha comido un niño, no tiene la pegatina. Una paloma parece que lo ha picoteado. Una paloma de ciudad…

Señalé al gato y le miré interrogativo a la rata: –Es que de pequeño le leía los libros de Sherlock Holmes.

Sonreí extrañado: -¿Ya los entendería el pobre animal?

Ella encogió sus diminutos hombros. Aproveché para insistir de nuevo: –Tengo que ver las alcantarillas.

–¿Quién te ha hablado de ellas?

–Eran tu casa. Hablas en sueños, ¿lo sabías?

–Ni de palo –Zanjó con un cucurucho raído de helado.

Sentada en el borde de la papelera empezó a comérselo sin agregar nada más.

–¿Y dónde están las alcantarillas?

El gato contestó con celeridad: –Aquí.

Lo miré para dirigirme hacia allí, pero miraba al suelo. Pobre… qué cortito era… ¡tendría que encontrarla yo! Empecé a caminar.

–¡Perro! –Me giré al escuchar a la rata, esperanzado. Encontré una rata que se masajeaba la frente con la punta de un cucurucho de galleta del que goteaba “algo” supuestamente comestible– Lo único que aquí hay bajo tierra son las alcantarillas y los túneles del metro. ¿Me prometes que tras enseñártelos te irás para tu pueblo y que me podré olvidar de ti?

Ya sabéis la respuesta… ¿no?

Las alcantarillas

Levantó con la ayuda del gato una tapa que justo tenía debajo. Creía que no pero por una vez el gato había sido más inteligente que yo. Y eso era muy triste.

Entramos.

Ella caminaba rápidamente sobre sus patas traseras sobre el suelo humedecido. El gato parecía agitado: –¿Tú vivías aquí?

Ella por respuesta espetó que camináramos más rápido. No buscaba otra cosa que otra tapa por la que salir de allí. Yo, por el contrario, recogía todo lo que sucedía a mi alrededor. Los olores, colores, sensaciones… Lo primero; Otoño no me habló de la humedad. Lo segundo; no olía a humo. Lo tercero; el suelo no era negro… Totalmente, claro. Lo cuarto… podría hacer una larga lista… y todo me llevaba al mismo sitio: eso no se parecía a lo que me relató Otoño.

Estaba buscando en el lugar equivocado. Me sentía mal por insistir tanto para luego no haber sacado nada de provecho de aquel lugar… aunque eso no era del todo correcto. Cuando veía que ninguno de mis dos acompañantes me miraba aprovechaba. ¡Un perfume como ese no lo encontraría en ninguna parte! Nunca me había revolcado en un charco tan estupendo como en los que encontré allí. ¡Mi dueño estaría orgulloso de olerme, seguro!

Laguna

La rata apoyó las cuatro patas y enderezó las orejas todo lo que le permitían: –Tenemos que irnos.

–¿Tan pronto? –Yo estaba decepcionado, aunque realmente nuestra excursión ya no sería más provechosa.

–Sí, tan pronto. ¿No oyes eso? –Agudicé el oído pero la mayoría de los ruidos me parecían conocidos y novedosos al mismo tiempo. No me delataban nada raro– nos vamos.

–No he encontrado…

–¿Suelo negro? ¿olor a nuevo? ¿la serpiente de hielo? ¡aquí no está tu alucinación! aquí está…

Paró en seco y miró con recelo el techo de la madriguera. Giró sobre sí misma y caminó con rapidez, sin llegar a ser una carrera, mirando al techo continuamente.

–¡Mira, fuegos artificiales!

Al gato debían de haberle afectado los vapores del agua sucia pero en realidad eso parecía cuando yo también miré hacia arriba: –Pero… ¿eso del techo no es agua?

–¿Agua? –La rata parecía temerosa– oh, oh…

En el techo parecían dibujarse garabatos blancos, amarillos, marrones, goteras iluminadas que caían sobre nuestros hocicos… ¿qué significaría aquello?

Parece que fui el único que se quedó pensativo mirando el techo desquebrajado de la alcantarilla. Cuando bajé la mirada mis patas empezaban a mojarse y un trueno retumbó tras de mí: –¿¡Qué pasa!?

Pero tanto el gato como la rata ya me habían sacado una ventaja descomunal y corrían muy por delante de mí.

Corrí como tras una becada pero si les alcancé no fue porque pararan para abrir una salida en el techo, sino porque el agua me empujó con fuerza. Tanta que empecé a dar vueltas bajo aquel torrente. Traté de agarrarme, de parar de dar vueltas, de hacer algo, cualquier cosa, pero no veía nada, no podía respirar. Lo único cierto era que el agua tocaba el techo y que mis días acabarían allí.