PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 28.

28 Robo

Mientras caía por las escaleras me quité el cristal del costado y oí disparos a mi izquierd… ¿O era derecha? Disculpadme, rodando y sangrando escaleras abajo, medio mareada por un intenso dolor y perdiendo el conocimiento tal vez por última vez antes de entregarme a un posible infinito era complicado orientarse. Lo certero era que esos disparos no me buscaban a mí, sino a Ángela a la que Román debió de ver.

Cuando por fin las escaleras terminaron y mi cuerpo quedó tendido sobre el frío suelo metálico comprobé que no tenía fuerzas ni para mover los brazos y taparme la herida que me humedecía muchas más partes de mi cuerpo de las que me hubieran gustado.

Noté a Román pasando por encima de mí. Se agachó a mi lado y cogió algo de mi chaqueta. No tuve fuerzas para girarme y ver qué se llevaba. Las imágenes se hacían difusas y blanquecinas a cada segundo que se escapaba pero era, sin duda, una pequeña pajarita de papel rancio que fácilmente podía tener manchas de sangre…

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 27.

27 Fábrica de impresoras

Ya era la hora. Mario estaba ahí dentro y nadie sabía nada de Román, ni siquiera de su coche. ¡Buen momento para escaquearte! Si no estaba él y contra todo pronóstico yo era la más cualificada, pero era una chica. Mario no esperaba a una mujer. La idea era hacernos pasar por el jefe de la mafia. Noa fue elegido por el jefe para inspeccionar la segunda planta conmigo de apoyo mientras que nuestra súper chacha apoyaba a Felipe en la primera planta, ya que disponía de permiso de armas para una escopeta que usaba para cazar ratas en sus ratos libres. ¿Qué por qué inspeccionar las dos plantas? Porque nuestro jefe ya andaba mayor y la memoria le fallaba a la hora de recordar tonterías como en qué planta había quedado con Mario. Lo de las ratas ya no sé. A Ángela no le dejábamos hablar mucho de su vida privada.

Sí, era un jefe competente, que andaba por el piso bajo con Adela por si las cosas se ponían feas y no había duda de que así sería, y más si nos lo encontrábamos nosotros, porque Noa sin apoyo canino era todo un flan. Era el único ejemplo que se me ocurría al verlo temblar. También pensé en gelatina, pero él no era transparente.

Subió indeciso por las escaleras metálicas conmigo a varios pasos detrás. Cuando llegó al pasillo de la segunda planta preguntó: –A, Ainara… ¿Qué gesto… hay que, hay que hacer si está despejado?

Resoplé fastidiada. Era una pena que yo tuviera más boletos en la lista de recibir un tiro estando Felipe vaciando una lata por ahí cerca.

  –Pon la mano en la espalda y ya.

  –¿Y si hay alguien?

Su voz hacía retumbar los suelos metálicos como una cantinela funeraria. Chillé entre dientes: –Sigue, que te puede oír.

Había muchas cajas apiladas a un lado del interminable pasillo. No era difícil imaginar que estarían llenas de impresoras desfasadas o porexpán.

A cada paso que daba Noa por las oxidadas placas metálicas chirridos dudosos retumbaban por el vacío. No iba a ser para nada un encuentro sorpresa y Mario no se lo creería, menos con tal indecisión sonora. Quité el seguro de mi arma. Era una necesidad de mi salud mental para mantener una salud general.

Llegó a la última puerta del pasillo de oficinas y agarró la manilla temblando. Aunque esto no fue tan rápido. Realmente se secó el sudor con la manga izquierda, se secó las manos en las perneras del pantalón, trató de coger la manilla pero se arrepintió, se secó de nuevo el sudor con la manga derecha y agarró la manilla a la tercera vez que trató de abrir la puerta. Esto tampoco sería del todo correcto, pero me pongo nerviosa solo de pensar en todos los ademanes estúpidos que hizo y necesitaría dos hojas para explicarlos.

Lo siguiente en comparación pasó muy rápido. Nada más pasar al umbral oí un ruido metálico. Para ser concretos, el suelo se rompió ante los pies de Noa, que cayó por el afilado agujero. Salté a la puerta con el arma a punto y me dio tiempo a ver en el piso de abajo a Noa sobre los brazos de Felipe justo antes de que desaparecieran de nuevo cuando se rompió el suelo del primer piso hacia un oscuro abismo. Empecé a hacerme una idea de por qué ya no se trabajaba allí.

Miré al frente tras tan aparatosa entrada y allí estaba Román con un hombre a sus pies en un charco de sangre. Mantuve el arma en alto: –¿Qué ha pasado Román? ¡Lo necesitábamos vivo! ¿Ha sido en defensa propia?

Puso una sonrisa de suficiencia: –Sí, exactamente así.

Sacó una granada de mano del bolsillo y ante mi estupefacción le quitó la anilla y la lanzó al agujero: –¡¿Román?!

Traté de cogerla, pero se me escapó entre las manos: –¡Cuidado ahí abajo!

Escuché un gatillo acariciado a medio metro por encima de mí: –Quita de ahí. Puedes quemarte la cara.

Me levanté poco a poco asimilando lo que estaba pasando y esperando una fugaz y abrasadora llamarada en ocho segundos que mandara a la mierda todo nuestro cutre trabajo, que aunque tuviera lagunas de siete segundos por todas partes se le había cogido cariño a los seis segundos por la única ventaja de representar la única oportunidad de contar cinco y salvarnos el culo. El cuatro llegó seguido del tres. Román sonreía al dibujar su boca un dos silencioso. El uno parecía cercano… tan cercano que lo conté como cinco veces, pero no llegaba. Román enfocaba sus ojos hacia abajo y hacia mí cada vez a más velocidad.

Ambos estábamos inmóviles esperando un trágico desenlace para aquellos que estaban ahí abajo. Un desenlace que se alargó tanto que no llegó.

  –Román… ¿Qué significa esto?

Sabía más o menos qué significaba, que yo había sido una gilipollas que no había tenido ovarios para ver que él era el hombre que buscábamos, pero a veces necesitamos que nos lo corroboren. No era el mejor momento, cierto. Ni la mejor persona a la que preguntar, cierto, pero era el único momento que tendría para aclararlo, un momento que como respuesta trajo una granada que volvió a aparecer entre los dos de forma mágica e ingrávida al lado de una escoba despuntillada.

Era nuestra hora. Bueno… vuelvo a mentir; nuestro desenlace aún tenía que esperar, pero el de la granada de mano fue en ese preciso instante inundando de metralla todo destrozando las paredes metálicas a jirones y que irónicamente dejó la puerta menos abollada de lo que estaba. Ambos tuvimos la agilidad justa para apartarnos rápidamente sin sufrir cortes. Me tiré sobre las cajas de cartón esperando plegarlas con mi cuerpo, pero fue al contrario. Me di de lleno en las tripas con el contenido. ¿Cómo podían estar las malditas y asquerosas cajas llenas de impresoras? Con la mano en mis intestinos me acordé de los muertos de los repartidores que dejaron olvidada la mercancía y recorrí el pasillo como buenamente me dejaba el dolor hasta que me detuvo un disparo sobre mi cabeza, pero no lo suficiente como para evitar parapetarme tras otras de las cajas que yo sinceramente esperaba que estuvieran llenas hasta los topes de diamante o hierro forjado, porque si solamente tenían aire podía darme por agujereada como un colador.

  –¡Ven, Ainara! Tenemos que llamar a una ambulancia, Mario puede estar aún vivo.

  –¡No soy gilipollas!

  –Bueno… Hasta ahora lo habías sido.

Mi cerebro poco a poco empezaba a hacer conexiones neuronales no sin antes mentar a su madre, y al recordar el coche de Román el proceso fue mucho más rápido. Deseaba que los demás subieran lo más rápido posible y me ayudaran a reducirle, porque me era imposible. Aún pensaba que había algo bueno en él. Me aferraba a esa estúpida convicción.

Oí un paso: –¡Para!

  –¿Desea algo más la fiambre?

Y escuché cómo acariciaba el arma. Parecía una locura afirmarlo, pero mis oídos se habían puesto las pilas.

  –¡No des un paso más o dispararé!

Escuché una risa burlona: –Me gustan las apuestas, la banca siempre gana.

Esta vez no podía dejarla ganar, no si mi vida dependía de ello. Abrí rápidamente una caja pequeña de cartón desgastado y descolorido. Deseaba que fuera un AK–47 o mayor, pero me topé con algo mucho más rudimentario… y del tamaño de la caja.

En ese momento escuché un portazo y un disparo, ¡era el momento! Salí de mi escondite y apenas le di tiempo a Román para que se girara hacia mí y para cuando lo hizo apreté el bote plástico que me había brindado la caja abandonada que estaba llena de tinta rosa.

El color no era lo más importante, pero hubiera quedado mucho mejor el negro o así, hay que admitirlo…

Noa abrió la puerta justo para ver cómo hacía una patada barredora a Román con la que cayó de bruces. Corrió hacia él para inmovilizarlo, pero a Noa se le daba tan bien inmovilizar a la gente como a mí caer con elegancia y levantarme de un salto, o sea, de pena.

Román se levantó al momento y aunque apenas enfocaba le dio un puñetazo certero a Noa y lo cogió como si fuera un pelele, lo levantó sin casi esfuerzo y lo catapultó contra la ventana que se rompió en mil pedazos.

Todo eso pasó mientras me levantaba, pero al menos hice algo bien, cogí el arma de Román, al que tenía delante, mirándome mientras lo encañonaba: –Tienes dos armas vaquera –e hizo bailar un cristal que recogió del suelo– ¿Con cuál vas a disparar? –miró con interés una de las puntas imperfectas sin prestarme atención– ¿Puedo sugerirte algo?

Empecé a retroceder mientras él se acercaba. Mi cerebro me gritaba que disparara de una maldita vez. ¡Lo tenía todo a mi favor! Pero mi corazón era estúpido. ¿Necesitaba más pruebas de que Román no era un ángel? ¿En serio?

  –Dejemos esto aquí. Baja las armas. ¿Eres capaz de disparar a alguien desarmado? ¿De verdad?

Gruñí entre dientes. Él tenía razón, no podía, pero no era del todo cierto. Le indiqué con mi barbilla el vidrio: –¿Y eso qué es?

  –Una pistola de última generación –lo puso a la altura de su cara–. ¡Bang!

No sé por qué retrocedía ante aquella broma.

  –Oye, lleguemos a un acuerdo…

  –No tengo nada que acordar contíii…

Tropecé un poco, ya había llegado a las escaleras. Ahí abajo vi a Ángela bajo la oscuridad del pasamano con un gesto de silencio durante medio segundo, suficiente como para notar a Román arremeter contra mí, empujándome escaleras abajo con el cristal rasgándome la ropa a la altura del hígado. En el medio segundo siguiente él tenía las dos pistolas, en ese medio segundo supe que como Noa, mi misión había acabado.

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 26.

26 No va a funcionar…

Pasé por el ring de Noa y me sorprendí al verlo reír a carcajadas. Nunca lo había visto reír.

  –¡Deberías hacer eso más a menudo!

Noa me miró al momento. Todo su aspecto divertido desapareció. Cambió a una mueca irónica: –¿Crees que los humanos se lo merecen?

  –Yo… ¿Por qué no? Creo que sí.

Cerró los ojos y negó con la cabeza. Enseguida cambió de ademán: –El jefe nos ha convocado a todos. ¿Habéis conseguido hacer algo grande con el caso de Mario?

Todo volvió a mi cabeza otra vez. Se me había olvidado todo por completo: –Pues… Parece ser…

¿Noa no sabía nada del tema?

Aparecimos religiosamente todos en la reunión, pero Román no parecía ser religioso. Y claro, Felipe llevó un sexteto de cerveza barata. El jefe ni se inmutó con tal comportamiento. De hecho Noa se llevó un perro y lo sentó en una de las sillas, tal vez para hacer bulto. Adela también estaba allí, y Ángela no se había olvidado de sus trapos y limpiaba su parte de la mesa. Desde luego era una situación extravagante… Entre el perro que tenía a mi izquierda y la silla del revés a mi derecha en una mesa de veinte invitados la reunión dejaba mucho que desear: –Em… Pensaba que trabajábamos bastantes más.

  –¡Usa un maldito babero, guarro!

Ángela era toda una guerrera, pero Felipe necesitaba mucho más para no manchar la mesa con sus cervezas: –Tráeme un cuchillo y un tenedor para beberme la cerveza y entonces hablamos de lo que colocan tus productos de limpieza.

Adela suspiró: –Esos dos hacen el ruido de cincuenta, seguro que por eso parecíamos muchos más.

El jefe esperaba con las manos entrecruzadas a que la discusión parara. Acabó en el momento en el que Ángela partió un palo de fregona en la cabeza de Felipe.

  –Tenemos algo muy importante entre manos, hemos quedado con Mario en la fábrica de impresoras de las afueras.

  –¿La que quieren convertir en vertedero? –preguntó Noa.

  –Exacto. Tenemos unas horas y esta vez no tiene que salir nada mal.

Levanté levemente la mano: –¿Y Román?

  –Él está allí vigilando.

Noa ladeó la cabeza.

Felipe se sintió ofendido: –¡Hey! Las vigilancias se me dan mejor a mí.

  –A ti lo único que se te da bien es beber –dijo Ángela con suficiencia.

Adela cayó en la cuenta: –Ángela… ¿Qué pinta en todo esto?

  –Hoy va a ser una agente más.

  –No tiene licencia de armas.

  –Sabe manejar la fregona.

  –Pero las normas de la contratación del grupo de limpieza estatifican que…

El jefe perdió la paciencia: –¡Hoy no, ¿vale?! Hoy es un día importante, hoy vamos a levantar esto y necesito de todos ¿estamos? ¡POR DIOS! ¡Dejaos de tonterías de mierda y escuchadme de una maldita vez! No tenemos el mejor equipo, no tenemos los mejores agentes…

  –¡Eh! –Felipe se dio por aludido.

  –¡Pero podemos con esto! Nuestro dispositivo…

  –Cuenta con una chacha homicida –dijo Noa apesadumbrado–. Deberíamos llamar a la guardia civil para que nos den apoy…

  –Para que se lleven el mérito, ¿no? ¡Ainoa, por favor!

  –¡Ja, ja, ja! ¿Ainoa? –Felipe era feliz en su simpleza.

  –Mi hija se llama igual. Es un nombre precioso –comentó una Ángela feliz. Dudaba que existiera la felicidad en su vida… y un marido. Sentí lástima por él. Seguro que en su casa estaba terminantemente prohibido pisar el suelo bajo ninguna circunstancia.

Poco después me enteré de que estaba muerto.

Tenía sentido.

  –¡Por favor! Es nuestra última oportunidad para crecer, para volver a ser lo que fuimos. Tendremos veinte agentes por cada perro de Noa.

  –¿Cien agentes?

  –No. ¡Dos mil! Tenemos que centrarnos para que todo –se giró hacia Felipe– no falle de nuevo.

  –Yo no dejé esa lata allí aquella vez.

Adela parecía que recordaba el dato: –Una cerveza vacía llena de explosivos. ¿Dónde encaja eso?

  –¿Cómo osáis a pensar que yo sería capaz de llenar una preciosa lata de cerveza de explosivos? ¡Por el amor del cielo! ¡Es más horrible que poner una bomba en un colegio! ¡Mira que mooona! –y acarició su última lata.

Todos nos quedamos mirando la escena en la que abrazaba ese pedazo de inanimado metal y por mi cabeza apareció la grotesca imagen de un posible hijo de Felipe hecho con latas de cerveza importada al que llevaba a jugar al fútbol los fines de semana.

El jefe se tapó la cara con las dos manos en un gesto desesperado: –No va a funcionar…

Adela sintió pena por él: –Venga, muchachos, por favor. Después de esto tendréis tres días de fiesta, como si muriera un rey –todos la miraron con interés–, así que prestar atención.

Señaló al jefe de forma cordial, creando un puente a la atención, aunque fuera por unas breves vacaciones. El jefe pareció animarse. Asintió sonriendo y relató el plan como si dispusiera de unos súper agentes que no tenía.

Ellos lo notaron y se le quedaron mirando.

  –Para ese plan necesitamos al menos diez humanos –comentó Noa.

  –Conductos de ventilación –sentenció Felipe bebiendo su última cerveza–. ¿Quieres que me meta por los conductos de ventilación? ¿Con mi tripa cervecera? ¡Si salí de cuentas hace cinco años! –y se levantó la camiseta para corroborarlo en una imagen surrealista de unos michelines que lo abarrotaban tooodo. Cuando se dice todo es TODO.

Noa se tapaba la vista con una mano mientras el perro sentía curiosidad por la manteca: –Los conductos deben estar en muy mal estado, se caerían.

Adela miraba al centro de la mesa tratando de distraerse: –La derecha sería rodear el edificio cuando Mario esté bien dentro. Pero no somos suficientes.

  –Yo mientras no tenga que limpiar esa fábrica vieja… Y si hay que hacerlo tendré que cobrarlo –Ángela miraba por ella, lo que estaba muy bien…

El jefe gruñó entre dientes ante la evidencia, así que me puse firme ante tal disparate: –Mire jefe, dispone de una limpiadora, una encargada objetos perdidos y de retratos robots, de una secretaria, de un adiestrador de perros, de un agente que ahora está en el punto de encuentro y de… –miré a Felipe y me estremecí– y de…

Felipe hizo un gesto con la mano como para que siguiera la frase, pero no pude.

  –Artificiero. Desactivo bombas y todas esas cosas.

  –¿En serio? –Ángela estaba muy sorprendida– ¿Esta COSA se encarga de los fuegos artificiales?

  –No, en realidad soy el que dobla los arcoíris, ¡no te jode! Atornillo cuernos a los caballos en mis tiempos libres para que sean unicornios.

  –Esto no va a funcionar… –sentenció el jefe de nuevo.

Hasta el perro pareció negar con la cabeza.

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 25.

25 El umbral

  –Quince y veintiuno… –repetí.

Román sonrió suavemente con los ojos cerrados. Hacía ya tiempo de aquello: –Diez años… –se tornó triste– Y te han sentado de pena.

  –Yo no valgo para ser una súper agente.

  –Claro, y por eso dices que todo lo ha hecho el jefe cuando él se ha quedado en el despacho calentando la silla –no sabía hasta qué punto sabía él del tema–. Seguro que hasta le has creído eso de que no le cuentes a nadie lo de los teléfonos y que nos lo diría mañana.

  –¿C-Cómo?

  –Si hubieras ido a otra organización hubieras sido mucho más. No te hubieras encasillado en lo que te predestinaron.

Me sentí traicionada, ¿por qué no negarlo?: –¿Qué te ha dicho el jefe?

  –Todo.

  –¿Lo de la fábrica también? –asintió– ¿Todo lo de Mario os lo ha dicho?

  –Bueno… no te sientes tan mal, ahora mismo sin Básil no tiene muchos agentes decentes en activo.

Recordé a Felipe en aquel momento y sí, su lata valía más que él.

Acabamos la velada hablando del tema que tanto quería rehuir de la quedada con Mario a la tarde siguiente y rehusando a que Román sacara el coche del garaje de nuevo para llevarme a ninguna parte.

Insistió de forma encantadora, pero necesitaba andar para encontrar mi lugar en todo el asunto de Mario… y de mi vida.

Román se despidió de mí con un beso en el umbral del piso.

No sabía decir si era por la botella de vino que me trinqué yo sola en ese rato o que necesitaba que alguien me dijera que yo podía con aquello, pero soñaría con que aquel momento se repitiera muchas noches tras haber ocurrido.

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 24.

24 Una revelación

 –¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

No. No me encontraba bien. No me encontraba en ningún lado: –Sí, estoy bien.

  –No lo parece.

Suspiré mirando al suelo del coche.

Había una pelusa.

  –¿Tienes hambre? En casa debo tener algo de comida.

Y un capuchón de bolígrafo.

  –¡Ainara!

  –No, la verdad es que no…

  –Entramos ya en el garaje. Al menos toma algo para tranquilizarte. Ver a Basilio ha debido de trastocarte… Los médicos no lo pintaban nada bien.

En ese momento recibí un mensaje de Adela. Me daba miedo abrirlo, pero lo hice.

Basilio había fallecido.

  –¿Es Adela?

Asentí.

El silencio pareció ser suficiente para que él lo entendiera.

Subimos a su casa desde el garaje. Pronto sacó un par de copas y trató de animar un poco la fiesta, que tenía más pinta de asociación de deprimidos: –¿Y cómo has salido ilesa de la furia del jefe? ¿Lo has dejado afónico? ¡Eso sería genial!

Di vueltas a mi copa. Miraba cómo el vino tintaba el cristal y se bamboleaba  al son de mi muñeca.

Román me dedicó una mirada triste: –¿Ainara?

Levanté la mirada: –¿Sí?

  –¿Todo esto es solo por Basilio?

  –¿Qué “todo esto”? ¡Si ya te he dicho que estoy bien! Estoy genial, lo que pasa es que tengo sueño. De que me termine un par de botellas como el triple de ésta seguro que me encuentro mucho mejor. ¡Como nueva! Entonces seré feliz y me comeré todas las perdices de la cuidad. Como te digo, mi apellido será Yupi y viviré en Felizonia en la calle Supermegachachi.

Román rió con fuerza: –¡Vaya! Basilio era todo un rompecorazones. Tendré que preguntarle a Angelina Jolines si también estaba enamorada de él –y bebió un primer trago de su copa mientras yo ya me servía la segunda.

  –No… No te confundas. Eso era territorio de Adela.

  –¿Ahora somos territorios? Dime que no soy el de Ángela. Me harías un favor. Cualquier día le pondrá a su escoba un motor de cortacésped y moriremos todos.

  –Eres un exagerado.

  –¿Como cuando tuneó el carro de limpieza? Le puso ruedas de moto, lo pintó de rojo sangre metalizado con escobas pintadas en dorado y plateado y sobre todo las cuchillas eléctricas que instaló en la fregona para que no se la moviéramos cuando la dejaba atravesada en las puertas.

  –Eso fue muy surrealista, la verdad.

  –¿Cómo tú con tu cara larga?

Volvió a beber con disimulo, como si la cosa no fuera con él a pesar de que llevaba rato tratando de meter la zancadilla.

  –No… No tengo ganas de hablar.

Román soltó la copa para quitarme una cosa del bolsillo de la chaqueta. Me fue tan inesperado que no reaccioné.

Puso esa cosa en la mesa.

Puso la pajarita mirando hacia mí.

  –¿La recuerdas?

  –Claro, es la pajarita del jef…

  –No. No lo recuerdas.

Me rasqué la nuca en un gesto que no daba dudas de su intención.

  –Recuérdalo mejor.

Era una maldita y vieja pajarita de papel barato. ¿Qué tenía que recordar? ¿Se hizo antes de la guerra?

  –Siempre ha sido tuya.

Arrugué el morro. Eso sí que me había pillado por sorpresa: –¿Mía?

Román asintió– Sí. Verás… Recuerdo cierta excursión de instituto.

Se me heló la sangre: –Recuerdo aquella excursión… ¡Je! Salí de allí queriendo ser agente secreta. ¡Qué ilusa!

Román sonrió: –El caso es que el jefe también pensó lo mismo cuando le diste esta pajarita. Juró que volverías y que harías algo grande por la organización. Y parece que así va a ser.

  –Todo lo ha hecho el jefe. Yo… –en ese instante recordé que no tenía que decir nada, así que cambié el tema– Un momento… ¿Tú dónde estabas allí? ¿De qué sabes todo esto?

Volvió a sonreír: –Era un ayudante que ni pinchaba ni cortaba. ¿Pero sabes qué? Deseaba que tuviera razón.

Me sentí contrariada: –Yo era una cría.

Se encogió de hombros: –Yo también. ¿Qué nos llevamos? ¿Seis años? Quince y veintiuno. Antes podía ser una barrera, pero ahora no. El tiempo lo cambia todo.