PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO FINAL.

33 Funcionó

Llegaba tarde. ¿Cómo podía llegar tarde, como siempre? ¡Y más hoy! ¡Hoy que Noa se dejaba caer por aquí! Corría por la calle como una loca esa tarde de lluvia con la chaqueta a medio atar para llegar al bar cuanto antes. Entré rápidamente y cerré a mis espaldas. Enseguida traté de saludar, pero me inundaron miradas atónitas de aquellos que no querían volver a ver tal atroz espectro que ahora debía ser mi persona.

Me tapé la boca y con una risa nerviosa de lo más ridícula dije “perdón”. Salí de nuevo y al siguiente sí, me terminé de atar la chaqueta y entré más tranquila.

  –¡Siempre llegas tarde Ainara!

Crucé los brazos fingiendo enfado: –Si me saludáis así la próxima vez no vuelvo.

Noa se acercó y me abrazó. Realmente era yo quien tenía que haberlo hecho, pero a Felipe había que pararle los pies, aunque dentro de la barra no podía moverse mucho si no quería dejar desprotegida su cervecería.

Aquí estaba con su inseparable lata de cerveza y por fin no desentonaba. De hecho tenía el techo forrado de diferentes latas de cerveza, cuadros hechos con latas varias, mesas con tema cervecero, barriles de cerveza y era el único que servía cervezas importadas de todo el mundo e incluso algo a lo que llamaba hidromiel. ¡A saber qué era eso! Eso sí, era el único que lo vendía. También tenía productos de merchandising de cerveza, como llaveros y mecheros. No era una afición, era un estilo de vida que rayaba la obsesión. Era su estilo de vida. Y era feliz.

  –¿Qué tal te va todo Ainara? –Me preguntó Noa, que estaba radiante. Nunca lo había visto tan feliz sin la presencia de un cánido a su lado y es que se había echado al monte y había abierto una guardería canina. En el monte vivía él con un grupo de perros y un ganadero borde con el que había congeniado. Era un ermitaño rodeado de perros sin gente a la que aguantar y con la que quedar bien. Era un paraíso para un antisocial como él, y lo demostraba cada vez que venía a la ciudad con unas ganas locas de vernos, cosa que no pasaba cuando trabajaba aquí. Para él una reunión de cinco amigos ya era una macrofiesta.

  –Me va bien –dije sonriendo–, ya sabes, la gente me odia, pero como suelo llegar tarde a poner multas pues tengo un pase.

  –Agradezco que cuando veas mi coche lo pases por alto –dijo Adela desde la mesa–. No deberías hacerlo.

  –Lo sé, lo sé… La próxima vez te pondré la madre de todas las multas.

Me miró suspicaz. Sabía de sobra que ahora era la secretaria del mejor abogado de la zona, así que yo no tenía mucho que ganar… Aunque la multa fuera de cuatro euros ella conseguiría con una firma quitársela de encima.

  –Y ahí estaré yo para reventar el parquímetro –Felipe siempre tan pesetero.

Un hombre se levantó de la mesa de la esquina. Era una persona sonriente y tranquila. Para cualquiera que lo hubiera conocido meses atrás nadie diría que era el mismo. El jefe nos saludó.

  –Tenía que terminar la partida –se encogió de hombros.

  –¿Has ganado esos treinta céntimos? –sonrió Felipe.

  –Llevo meses sin ganar. Voy a diez céntimos por día. Va a ser mi ruina.

Noa ladeó la cabeza: –¿Está bien eso de la jubilación anticipada?

Pensó un poco y asintió: –Siempre que dejas a todos viviendo su jubilación sí.

Felipe levantó una lata de cerveza: –Ojalá no llegue nunca, no me gustaría estar todo el día con mi mujer en casa –pensó en algo y dijo inquieto–, podría desaparecer la humanidad.

Adela enarcó una ceja: –¿Al final os casasteis en serio? Digo… porque Ángela tenía una hija.

  –¡Y yo tenía un hijo! ¿Es que nadie habla de él nunca?

Sonreí recordando un niño hecho con latas de cerveza que solo había existido en mi imaginación.

  –El otro día tramité una multa para él. Creo que iba a doscientos treinta por hora en la zona hospitalaria sacando una botella de cerveza por la ventana. –dije socarrona.

  –No me merengues la cerveza, por favor… Que el chaval tiene quince años y el coche es de Ángela…

Noa estaba sorprendido: –¿De verdad Ángela y tú…?

…Y un paso por detrás, como siempre.

El jefe cruzó los brazos sobre su pecho y asintió satisfecho.

Funcionó.

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 32.

32 Disolución

Muchos cargos se arremolinaban alrededor del jefe. Miraba ausente al juez que dictaba que la organización no volvería nunca más.

Tal como lo decía parecía que los malos éramos nosotros, y solo habíamos dado de baja al más alto cargo de la mafia y destrozado un edificio que tenían intención de tirar. Pero claro, ahora era la escena de un crimen y bla bla bla.

Todos estábamos allí.

Ángela…

Felipe…

Noa…

Adela…

Yo.

Escuchábamos cómo al jefe se le caía hecho añicos su gran orgullo por el deber cumplido. Sus años de lucha contra el destino inevitable que se le presentaba en ese momento al salir del juzgado. Realmente por todo eso, por todos los años cumplidos no lo enchironaban, pero para él como si fuera exactamente así, encerrado en el amplio mundo sin poder hacer lo que le había hecho vivir; esa pequeña organización que murió en el mismo momento en el que se vio obligado a firmar su disolución.

Caminó hacia la salida cabizbajo con pasos muy cortos y las manos en los bolsillos.

Todos los demás salimos detrás de él.

En la calle miró al cielo y luego se giró hacia nosotros.

Contra todo pronóstico sonrió.

Nos pilló de sorpresa cuando nos fue señalando y empezó a decir…: –Puede que esté loco pero… ¡puede funcionar!

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 31.

31 Las horas en blanco

Pasaron meses.

Bastantes después de aquel incidente.

Desperté en un hospital rodeada de mi familia y muchas pajaritas de papel. El jefe había aprendido a hacerlas y traía una cada día. Parecía ser que era mucho más importante para él de lo que yo hubiera podido imaginar en la vida.

Con cada pajarita también me traía noticias. Todos estaban bien. Noa consiguió agarrarse a la repisa de la ventana y esperó allí hasta que se dieron cuenta de que faltaba. No le iban las heroicidades de alturas. Felipe al verme caer se las piró, la vida era demasiado corta y no había probado todas las cervezas que le había preparado el destino. Ángela se quedó limpiando la sangre a mi alrededor, muy mona ella a su estilo. Al menos tuvo la decencia de llamar a una ambulancia…Y parecía ser que él y Adela habían reducido a Román. Cómo no me lo quiso decir, simplemente había dejado de “trabajar”.

¿Y la organización? Bueno… Sí que había cambiado su popularidad… Pero no precisamente a mejor.

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 30.

30 Tinta de sangre… ¿O sangre de tinta?

El jefe hizo que su secretaria lanzara el arma por el suelo hasta mis pies. No tenía intención de agacharme a recogerla, tenía dos mucho más cerca que esa: –Juan… ¿Sabe que podría haberme disparado y todo hubiera terminado? Es el camino fácil. Hágalo.

Sabía que ese viejo no había matado a nadie en su sarnosa vida y no iba a empezar ahora.

Hizo oídos sordos: –Adela, vete.

Reí sonoramente y en la confusión de ambos saqué las dos armas, me puse de perfil hacia nuestro jefe y los apunté a la vez: –Vosotros no habéis salido del cuento de hadas todavía. Os ayudaré a volver a él.

Y disparé.

Por supuesto, Juan disparó a la vez, como viejo sabueso que era.

En aquella batalla extraña dos balas impactaron; la mía en Adela y la de Juan en Adela también.

Cayó al suelo como un fardo.

No perdí más tiempo con la secretaria. No podía perderme la cara de desesperación que puso su jefe, con los ojos abiertos de par en par por la impresión. La barbilla le temblaba como las manos, que perdieron el arma, que rebotó en el suelo polvoriento y se dejó caer de rodillas.

Sonreí.

Miré el cuerpo de la chica entre una nube de polvo: –Ahí está el éxito de tu organización Juan Francisco Germán.

Se llevó las manos a la cabeza.

  –¡Ahí está! –le grité.

Caminé rápido hacia él y le golpeé la cabeza con la culata de mi pistola. Le agarré de la solapa de su raído suéter y aproveché para coger el arma huérfana del suelo: –Ese es el resultado de todas tus tonterías. ¿Estás orgulloso?

Traté de que esa pregunta lo rompiera por dentro. La verdad es que no hacía falta mucho más para hacerlo. Traté de obligarlo a andar, pero andaba más torpe de lo que nunca lo había visto.

Ahora no era esa fiera gritona que atormentaba al personal. Era un simple abuelo que había matado a una persona.

Quería que la viera allí tirada.

Quería que la viera muerta.

Muerta por su culpa.

Quería que eso fuera lo último que viera antes de seguir los pasos de su secretaria.

Al llegar lo tiré sobre una de las cajas que jalonaban al cadáver.

Pretendí decir algo. Algo hiriente, la guinda de un pastel finito. Aquello que Juan recordaría en la eternidad de su muerte cuando algo de esa escena no me cuadró.

Adela estaba cubierta de un rojo apagado… Pero no tan apagado como otras veces que había visto en otros cadáveres…

Para cuando me di cuenta de qué era lo que no era real ya era tarde para organizar las tres armas que tenía en las dos manos.

El cadáver se lanzó contra mí y noté algo frío en mi corazón.

Adela inyectó un enorme cartucho de tinta roja en pleno corazón de Román con la clara convicción de estar vengando a Basilio, llena de rabia.

Un disparo sonó cerca, pero Román no podía apuntar a nada concreto.

El jefe miraba la escena como fuera de ella, como en una sala de cine en tres dimensiones pero sin gafas, perdido totalmente.

Adela sacudió su ropa llena de tinta roja.

  –Puede que todos seáis idiotas, pero yo no lo soy tanto como para no llevar un chaleco anti-balas.

PARA QUÉ TITULAR ERRORES, CAPÍTULO 29.

29 El tipo de tipo que era Don Juan Francisco Germán

Román caminaba con desfachatez con las manos entrecruzadas a la espalda por el último piso con los rayos que filtraba el sol por los sucios y rotos ventanales, traslúcidos por años y años de olvido creando un aura sucia. El suelo metálico lo ubicaba en el centro. Un ciego en aquella fábrica no se sentiría perdido sobre adónde iba el personal. Solo las cajas que había en zonas aleatorias serían difíciles de ubicar para alguien así.

Confiaba en sí mismo, sin esconderse, sin armas a la vista. Solo en medio de una estancia abandonada y sin más vida que él, aunque sabía que no estaba solo. Faltaban dos al menos, dos personas a las que tenía que encontrar.

Imperturbable soledad… Los segundos contaban poco a poco un desenlace inminente. Era el día. Era el momento. Ya tenía ganas de que llegara. En cuanto me enteré que Juan Francisco me encasquetaba a la novata de turno sabía que su historia llegaba a su fin.

La veterana y ridícula organización de espías siempre me había estrechado el cerco de forma peligrosa aun siendo yo parte de ella, y todos los demás les tomaban por tontos alegando que sus sistemas eran rudimentarios (y lo eran) y que una banda organizada es precisamente organizada porque hay muchos que la organizan. Es probable que muchas funcionen así, pero en este caso esa suposición me ayudó muchísimo hasta llegar a mi para nada despreciable ochenta y cinco por ciento. No es que la organización fuera inútil, no dedicaba el día en crear un algoritmo sobre cómo debe abrirse una caja de rosquillas, simplemente es que en la línea de importancia estaba justito detrás de las boy scouts de ocho años. No contaban con ellos ni para ayudar a pasar a una viejecita una carretera desierta.

  –Román…

Escuché gruñir tras de mí.

Sonreí de forma socarrona: –Vaya jefe, le estaba buscando. ¿Puedo escaquearme hoy del trabajo? Tengo mucha droga que supervisar y un prostíbulo en el que meter miedo.

Me giré lentamente y pude ver a mi adversario a muchos metros entre una gran cascada de polvo. Aunque solo vislumbrara su silueta de viejo sabía que empuñaba un arma con las dos manos justo delante de él, con los brazos estirados sintiendo el calor de la sangre y el frío del metal.

Aún así yo no estaba inquieto. Estaba muy tranquilo, como aquél que sabe qué le depara un futuro brillante e inalterable escrito por un destino infalible. De hecho a quien le deparaba un futuro muy breve era a él. No llegaría a cumplir los sesenta y tres dentro de casi dos meses.

  –Cabrón…

  –Eso no es nuevo –sonreí de forma zorruna–. ¿Hace cuánto lo sospechaba? Nunca pensé que se arriesgaría tanto como para jugarse su as –saqué la pajarita de papel, moteada en rojo parduzco–. ¿Recuerdas esto Juan Francisco Germán? Qué bonito recuerdo, ¿verdad? Ahora tiene una historia mucho más triste y más bonita… un hombre que manda a su niña preferida a por un malo que le da muerte. ¡De película!

Trató de que no se le notara la emoción: –Hijo de puta…

  –Cuidadito con lo que dice, todo puede ser usado en su contra –Román sujetó la pajarita delante de aquel hombre–. ¿Qué tipo de tipo crees que eres, Juan Francisco Germán? ¿Un hombre que lucha a brazo partido contra la ilegalidad, en serio? ¿Cuánta gente le guarda el secretito?

Enseñó los dientes como un perro rabioso, haciendo que sus arrugas se vieran a kilómetros de distancia.

  –Es una pena que yo no ofreciera esos servicios cuando usted los usó…

  –Eres un cabronazo.

  –Es posible, Juan Francisco Germán, es posible. Al menos no tengo hijas ilegítimas y las dejo en orfanatos.

  –Tú mataste a Basilio.

Sonreí por el cambio de tema tan drástico. Eso me daba una pista inequívoca de que no estábamos solos. Y si mencionaba a Basilio no había duda alguna.

 –Pero por supuesto. ¿Qué duda cabe? ¿Crees que dejaría vivir a tal elemento? ¡Por favor! ¿En qué mundo vives? ¡Y antes hubiera caído si me lo hubieras encasquetado en vez de a tu niña! De hecho dile a tu secretaria que me molesta que me apunten por la espalda. Es incómodo.

Juan Francisco emitió una pequeña sonrisa con un pequeño deje de orgullo: –¿De verdad crees que lo haré?

Miré hacia atrás de soslayo y sonreí.

Sí.

Lo haría.

Por supuesto.

  –¿Sabe la señorita Adela a qué se dedicaba la madre de Ainara?

Su cara se congestionó.

  –¿Y sabe la noche que pasó usted en sus brazos?

Volvió a tener cara de pocos amigos.

  –¿También recuerda ella por casualidad que cuando usted habla de hijos siempre se olvida de…?

  –Adela –dijo al fin–. Baja el arma.