LA MONEDA, capítulo 14.

LA MONEDA, CAPÍTULO 14.

–¿Qué haces aquí, Andrei?

No tardé en ir a la oficina de Berat. Él pareció olerse algo. Al fin y al cabo no le había llevado un refresco.

–Necesito saber…

–Ah, sí. Ben me lo ha dicho. ¿Por fin te das cuenta?

–Quiero saber de dónde sacáis la energía, Berat.

Berat se tornó tan serio que no parecía el mismo: –Oh… Se trata de eso…

Se llevó una mano al mentón. ¿A qué otra cosa podía referirme?

–Esto se salta todos los protocolos de la empresa…

Sin mirar hacia atrás desenroscó una pequeña bombilla hasta que dejó de funcionar. Se levantó y tomó uno de los trajes blancos del perchero tras la puerta y me obligó a ponerme el otro que quedaba. Pesaba mucho más de lo que había imaginado y era condenadamente incómodo. Después me hizo seguirlo. Lo corriente era seguir uno de los pasillos insulsos de siempre, pero tomamos una bifurcación distinta. Las paredes blancas quedaron atrás al otro lado de una puerta metálica. Creí entrar en un pasillo de quirófanos por un instante hasta que vi el inicio de las escaleras mecánicas de color negro grisáceo y las paredes parecidas al papel de plata arrugado y desgastado. Las luces no se encontraban en el techo, eran amarillentas y se encontraban a los lados, cerca del reposabrazos.

–Toma.

Berat me tendió un casco como de astronauta.

–¿No querrás que me ponga esto? –increpé.

–Puedes irte, si quieres.

Tragué saliva y me puse la escafandra absurda. No entendía para qué tanta protección. Me sentía súper incómodo, y las cosas no iban a mejorar.

Montamos en las escaleras mecánicas. Eran interminables, claustrofóbicas… Nunca hubiera pensado tener más sensación de ahogo en unas escaleras que en un ascensor. Al llegar a lo más alto tuve que agarrarme a la pared. Estaba tan mareado que creí notar que me quemaba. Berat me agarró: –¿Quieres volver?

–N… no… –susurré evitando abrir demasiado la boca.

–Podemos seguir otro día.

Traté de respirar con tranquilidad. Me extrañaba tener esa sensación tan aplastante por todo el cuerpo. Mi mente me gritaba que huyera pero la curiosidad se había parapetado en la puerta. Tenía que seguir.

–No podemos seguir hasta que te encuentres totalmente bien –dijo Berat.

Me erguí y controlé mi respiración.

Berat asintió y sin soltarme el brazo seguimos hacia delante.

–No quiero seguir –dije al borde del jadeo. El traje me estrangulaba.

–Solo nos queda eso.

Berat señaló al final del pasillo oscuro una puerta que podría estar perfectamente en la cámara acorazada de un banco.

Un latigazo partió mi cerebro en dos: –Es mi sueño…

Sonreí forzado.

–Estoy soñando, ¿verdad? He debido quedarme inconsciente.

Berat no dijo nada. Me agarró con más fuerza del traje y tiró de mí. Yo me dejé llevar. ¿Qué de malo podía pasar en un sueño? Además, siempre acababa bien. Siempre… terminaba cuando… esa puerta…

Paré a un par de metros de la puerta. Berat tecleó un número absurdamente largo. En ese momento el sueño debía terminar. Nunca veía lo que había al otro lado.

Esperaba que no fuera como esos sueños en los que caes y si llegas al final mueres en la vida real. Sería triste decirles a los nietos que moriste por abrir una puerta.

Berat abrió con esfuerzo la puerta. De fuera entró una luz cegadora y caliente. Parecía que los chirridos del metal de los bornes rasgaban la luz, haciéndola más intensa.

Tuve que cerrar los ojos ante tanto brillo. Entonces mi cerebro se quedó completamente callado. El silencio lo cubrió todo, como la incertidumbre. No me atrevía a pensar qué estaba pasando.

Hice caso al gesto que hizo Berat para que lo siguiera, cosa que hice como un autómata, como una polilla que va hacia la luz.

–¿Qué…? –susurré dentro del traje.

–Este… es el mudo real.

Salí dando pasos pesados. Lo que tenía frente a mí era un largo pasillo de arena jalonado por kilómetros de placas solares. Traté de tocar una, pero Ben me disuadió. Al parecer hasta el traje se rompería al contacto con el intenso calor.

Lo seguí por otro gran pasillo que llegaba a un faro blanco y subimos por sus escalones uniformes. No podía imaginar qué vería desde ahí arriba. Tampoco era complicado. Era una gran explanada irregular de arena parda llena de rectángulos negros.

Me fallaron las piernas. Me tuve que agarrar al murete que nos rodeaba.

Berat se apoyó a mi lado haciendo un sonido mullido por lo gordos que eran los trajes para evitar las quemaduras.

–Esta es una de las zonas que llamamos “amables” –continuó haciendo unas comillas con los dedos de las manos, que con el traje eran ridículamente grandes–. Los desiertos de sal…Antiguos mares que quedaron sobre el nivel del mar porque el ser humano intentó crear artificialmente tierra habitable. El resto del mundo está prácticamente inundado. Realmente no queda nada aquí fuera, salvo sol y calor… Demasiado calor…

Era innegable. A pesar del traje ya estaba sudando.

–No puede ser… No hay inundaciones registradas desde hace más de…

–¿Treinta años?

–¡Sí! ¡Nos hubiéramos enterado de todo esto!

–No Andrei… Ahí dentro está todo climatizado. Lo único que puede llegar a nosotros son los terremotos y estamos lejos de las fallas de las placas tectónicas. Estamos en una llanura, por así decirlo.

–Pero… Llueve.

–Son aspersores. Está todo mecanizado. Aunque algunas veces es que hay fugas y tenemos que repararlas. Hemos creado un patrón idealizado de las estaciones que antes tenía el planeta. Al menos todo el calor que hace aquí fuera nos da la energía necesaria para hacerlo.

Yo seguía negándomelo.

–Pero… ¡El cielo! Yo veo…

–Sabes que son placas de led, lo que pasa es que están tan lejos que no los distingues bien. Bajo nuestros traseros ahora mismo hay miles de personas pensando que realmente ese es su mundo y que de alguna manera se salvó. Somos humanos domesticados en una jaula de oro. Estamos encerrados.

–Pero… ¡He estado en Turquía, en Alemania, en…!

–Dioramas. Como instalaciones de un zoo. El ultrarrápido no es tan rápido. Solamente conecta diferentes territorios acondicionados que no están al otro lado del mundo. Solo se han hecho copias convincentes.

Caí a plomo a su lado. Tenía tanto calor que estaba tentado a quitarme el traje. Berat se asustó cuando me llevé las manos a la cabeza y me disuadió de quitarme el casco.

–¡Los rayos UVA son letales! En pocos minutos te quemarían.

–No… ¡no me lo puedo creer!

–Siento que te enteres así…

Toda mi vida estaba siendo una farsa. Laila debió intentar decírmelo cuando le dio el ictus.

Berat pareció leerme la mente.

–No era esto lo que Laila quería decirte.

–¿Qué?

Berat miraba el horizonte como un viejo lobo de mar.

Le agarré de las solapas del traje: –¿Qué quería decirme?

No le podía ver bien la cara a Berat porque hasta los cristales del traje estaban tintados. Me retiró la mirada y siguió hablando.

–Quieren que en el futuro nadie ajeno sepa lo que pasó con el mundo. No es necesario revivir ese dolor del pasado. Por eso mi empresa es tan estricta contratando gente. Cualquier persona ajena a la empresa energética no debería recordar nada de lo que había vivido antes de llegar aquí. Al fin y al cabo es muy traumático saber que gracias a una absurda moneda los que estamos aquí dentro estamos vivos.

Entonces me fijé… Pensaba que el traje tenía botones porque eran adornos, una especie de estilo extraño, pero no era así. Berat llevaba cosida en la solapa de uno de los bolsillos del pecho una moneda con un agujero en el centro.

–Eso…

Él asintió con dignidad: –Es prácticamente lo único que te piden para entrar en la empresa. Enseñar la moneda y saber exactamente por qué la tienes. Muchos saben que tienen que venir con ella… pero pocos saben de dónde salió. Ahí suspenden.

Todo mi sueño apareció como si fuera un punto. Todas las imágenes en la misma centésima de segundo y poco a poco se colocaron en el orden inverso.

–Mi sueño está al revés…

Berat me miró. No podía reconocerlo bien por el traje, pero me estaba escuchando y seguramente esperaba a escuchar aquello.

–No salíamos de un aeropuerto… ¡Entrábamos! Dejábamos el mundo atrás…

Un solo registro, todo metálico, nosotros de pequeños… tenía sentido.

–¿Por qué no me dijisteis nada?

–Ben nos dijo que lo negarías todo y te cerrarías en banda. De hecho ya lo hiciste.

–¿Qué ya lo hice?

–De pequeño negabas todo lo ocurrido fuera de los dioramas… así eras feliz.

Suspiré. No era descabellado del todo.

–Lo único que no tenías que hacer era perder la moneda.

Un latigazo de recuerdos recorrieron mi espalda, dándome un escalofrío en aquél lugar árido. A menudo tenía que enseñar la moneda a los policías cuando venían a hacer inspección en el orfanato. ¿Era posible que su trabajo fuera echar a gente que se había colado? Aquello hizo que mi pensamiento corriera en la dirección más desagradable. Me daba muchísimo miedo preguntar cuántas personas habían muerto ahí fuera de forma injusta. Berat mantuvo silencio. Eso no me gustó en absoluto.

–Nuestros padres… –susurré al fin.

Berat se relajó: –Murieron antes, en la guerra que se libró por las monedas. No consiguieron ni siquiera ver una.

–¿Cómo conseguimos las nuestras?

A través del casco había estado viendo el semblante de Berat parcialmente. En ese momento la poca nitidez que había vislumbrado, desapareció: –Nos las dio un hombre con una capa negra… nos las dieron a cambio de algo…

Eso nunca apareció en mis sueños.

–¿A cambio de qué?

Una brisa calentó nuestros trajes.

–Es hora de irnos, Andrei. Estos trajes no son eternos.

Y descendimos el faro, vuelta a nuestro… diorama.

***

Todo estaba siendo tan irreal… Seguía sin poderlo creer aunque lo hubiera visto con mis propios ojos. Mi mundo se estaba derrumbando y los escombros desaparecían a mi alrededor. No sabía por qué, pero eso me hacía sentir incómodo.

–Estoy sudando… –suspiré al descubrir mi cabeza.

–Muchas veces pasa –dijo Berat imitándome quitándose el casco–. Tenemos unas duchas acondicionadas. Tienes toallas. Las reponen a diario.

Asentí en estado febril y fui a la puerta que Berat me señaló mientras él volvía a su oficina. Fue un gran alivio quitarme ese traje opresivo. Nunca me había sentido tan agradecido de quitarme el buff y la chaqueta. Mi pulso flaqueó al desabrocharme los pantalones. Mis dedos no me obedecían. Tuve que apoyar la espalda en las baldosas de la pared. Me agarré con fuerza a los bordes de la camiseta, como si de una barandilla se tratase.

–No…

Intenté levantar los brazos, pero no me obedecían. ¿Qué me estaba pasando?

LA MONEDA, capítulo 13.

LA MONEDA, CAPÍTULO 13.

Miércoles. ¿Quién lo diría? De normal no podía quitarme a Ben de encima en ningún momento y ya llevaba días sin estar con él. Seguía dejando notitas en el frigo y dejando su móvil en casa. ¿Sería que “hacer Tailandia” era de verdad tan secreto?

Ese día no me iba a dejar engañar ni por Nancy para que me invitara otra vez a una fiesta de juegos infantiles infructuosa, ni con jefes que me prometieran un sobresueldo con horas extras. Iba a llegar a casa pronto. Si era necesario despertaría a Ben para que me diera explicaciones. Por suerte el ultrarrápido no sufrió ningún inconveniente y me llevó directamente a mi casa. Con la suerte que estaba teniendo no veía desorbitada la idea de que nunca más llegara a casa.

–Por fin te encuentro en casa.

Ben ocupaba su sitio en el sofá. Y con eso me refería a todo el sofá. Estaba tumbado leyendo su tablet. Cogí una silla de la cocina y me planté delante de él.

–Te han censurado. ¿Qué has hecho?

–¿Por qué me has estado evitando? –pregunté, yendo al grano.

–¿Yo?

–Desde lo de Tailandia no te he visto –mentí–. Me tienes que dar muchas explicaciones.

Se irguió y dejó la tablet sobre la mesa.

–¿Otra vez tus artículos de psicología?

–Deberías leer alguno. ¿Te suena de algo los sueños recurrentes?

–Eh…

–Tener que vigilar a cada momento todo lo que pasa a tu alrededor.

–Eh…

–¿Hablas mucho con Alexandra?

–¡Para ya! No cambies de tema. Dime qué era eso de reconstruir un país.

–Y lagunas de memoria… Esos ya son muchos ítems –dijo por lo bajo. Luego me miró directamente a los ojos–. ¿En serio aún crees en los reyes magos?

Fruncí el ceño: –Que sea el menor de todos no significa que sea tonto.

–Es como cuando a un niño le dicen que los reyes magos existen –continuó sin hacerme caso–. Eso es lo que hacemos los adultos, nos aseguramos de que sigan existiendo poniendo regalos bajo el árbol.

–¿De qué estás hablando?

–Me contrataron para colocar pantallas led por todo el techo del diorama.

–¿Diorama?

–En nuestra jerga los llamamos así. Dioramas. Instalaciones… países. ¿Entiendes?

Nuestra cuidad… nuestro barrio… ¿también era un diorama? ¿Algo creado por nosotros mismos?

–¿Por qué hacéis eso? El ultrarrápido puede llegar a cualquier parte del mundo. ¿Por qué no hacer uno hasta Tailandia y punto?

Ben se tapó la cara con la palma abierta.

–¿De verdad crees que el ultrarrápido va tan rápido?

Empezaba a no gustarme Ben.

–Yo pensaba que sabías algo más. Por eso tienes la moneda, ¿verdad?

–Espera… –susurré, y la busqué en mi chaqueta.

–Sabía que no podías haberla perdido…

Y sacó una moneda de entre los pliegues de su chaqueta y me la mostró. Tenía un agujero en el centro y ponía 25 en números desiguales.

–¿Ahora te cuadra tu estúpido sueño?

–¿En el que somos niños y montamos en una nave espacial? –pregunté confuso.

–¿Nave espacial? Piensa en pasado… –refunfuñó entornando los ojos.

–Vete a ver a Berat –dijo al verme atascado–. Es el único que te abrirá los ojos de una vez. Todo el mundo quiere olvidarlo, por eso solo unos pocos pueden trabajar como Berat. Es prácticamente imposible entrar en esa empresa, e imposible del todo trabajar ahí y ser feliz.

Retrocedí como si sin querer hubiera abierto una puerta y un tigre me observara como si fuera un bocata de chope. Todo se estaba volviendo demasiado siniestro.

Ben volvió a encender la tablet y se tumbó de nuevo, ignorándome.

Miré el reloj. A penas le quedaba una hora, como mucho dos, para ir a lo que yo pensaba que era irse de fiesta. Ahora entendía por qué me ocultaba un trabajo como el suyo. Sin embargo, ¿por qué me negaba a creer lo que ya había visto con mis propios ojos?

Porque…

Porque no lo había visto todo.

Si lo que Ben había dicho era cierto, había un mundo que no habíamos visto. Si todo lo que estaba sobre mí no era más que un techo con pantallas de televisión debía haber algo más, algo sobre eso, algo que…

–Berat…

Tenía miedo de hacer caso a Ben e ir a pedirle explicaciones a Berat, pero él trabajaba con paneles solares, y me negaba a creer que pusieran paneles enfocados a unas bombillas. Era un contrasentido. La energía salía de algún lado, y quería ver de dónde.

Estaba anocheciendo. Aún así no podía esperar al día siguiente. Me estaba comiendo a mí mismo por dentro.

LA MONEDA, capítulo 12.

LA MONEDA, CAPÍTULO 12.

Lo de las monedas cada vez me intrigaba más. Tomé la mía entre los dedos y le saqué una foto. Era totalmente improbable que me atreviera a preguntárselo a los desconocidos por la calle, pero por internet era mucho más fácil y la gente parecía mucho más amigable. Antes de entender cómo se usaba el GPS recuerdo que le pregunté a alguien cómo se iba a cierta calle y en lugar de ayudarme me miró con desprecio y me dijo “mira en el maps”. Por supuesto di vueltas hasta encontrar el lugar sin atreverme a hablar con nadie más…

–Ya está.

Me senté en un banco para leer el post y asegurarme de que no hubiera ninguna falta de ortografía. No me gustaría que solo me contestara gente diciéndome cómo se escribían las cosas que ya sabía cómo se escribían.

–“¿Alguien más tiene una moneda como esta?” –leí– “¿sabéis su significado?”

Asentí satisfecho. Seguro que alguien sabría qué decir.

No tardó mucho en aparecer una contestación. Una chica aseguraba que su padre tenía una y que decía que era muy importante, pero no le quería decir por qué.

Apareció otro comentario, “levanta la cabeza”.

–¡Hola!

Levanté la vista. Era Alexandra, con un batido entre las manos. Le dije que tenía pensado ir directamente a casa a cazar a Ben. Ella se ofreció a acompañarme

–Solo si no me cambias por un mendigo otra vez.

–No, claro que no.

La idea era volver dando un paseo, así que pedí en un bar un café para llevar. Ella aprovechó para ir al baño y a su salida empezamos a caminar hasta casa mientras hablábamos. Bueno, hablaba. Yo no podía dejar de estar pendiente del teléfono.

–No deberías obsesionarte demasiado con esa moneda. Déjala estar.

–Es que muchos tienen una y siempre es algo importante.

–Yo también tengo una –dijo Alexandra como si nada, pero no sé para qué es.

Exhalé tranquilo. Además, el post también estaba dando sus frutos. Casi nadie sabía qué era esa moneda. Algunos preguntaban qué era y otros muchos me decían que si yo tenía la moneda debía saber qué significaba, pero nada me daba una respuesta concreta. Hasta uno escribió “¿Recuerdas las cartas? Es exactamente lo mismo, es una posición en la cola”.

Ni Alexandra ni yo entendimos la referencia.

Entonces la pantalla de mi teléfono dio error.

–¿Error? –preguntó Alexandra.

Cargué la página rápidamente, pero seguía dando error. Solo cuando entré en mi email supe que habían reportado mi post como ofensivo y me habían bloqueado en la página social.

Todo por una foto de una moneda.

Y por supuesto llegué a casa tarde de nuevo. Ben ya se había marchado.

LA MONEDA, capítulo 11.

LA MONEDA, CAPÍTULO 11.

Como todas las semanas que trabajaba de mañana, me fui antes de que Ben apareciera.

Aquella noche soñé de nuevo con la entrada a la nave, pero en esta ocasión huíamos de un hombre con túnica y capucha puesta sobre la cabeza. Encontrarme con ese mendigo no me estaba haciendo bien…

En el trabajo todo pasó como siempre, muchas llamadas incómodas… Solo pensaba en volver a casa. Necesitaba que Ben me diera explicaciones. Conforme llegaba la hora de salir me sentía más ansioso. ¿Qué le preguntaría? ¿Qué le diría?

–¿Podéis quedaros un par de horas más?

Tanto Nancy como yo nos quedamos mudos y rotamos la cabeza con ademán inexpresivo hacia nuestro superior. Era como si nos hubieran quitado el alma.

–Solo hoy –dijo juntando las palmas en forma de rezo.

Generalmente era un tipo simpático, pero en ese momento se me antojó un tirano.

No reaccionamos de ninguna manera, pero nuestra cara le dio a entender que no estábamos nada contentos con la resolución.

–¿Oiga? ¿Me escucha? –pude oír desde mi terminal.

–Sí, sí, perdone…

Nancy colgó sin ningún miramiento a su cliente. No era la primera vez. Al fin y al cabo las llamadas solían cortarse… y marcó un teléfono.

–¿Milos? No… No puedo ir. Salgo dos horas más tarde. ¿En serio? ¡Qué mala suerte! Sí. Yo me encargo.

Quería preguntarle qué se traía con Milos, pero no coincidimos en ningún momento para hablar, así que al llegar la hora de marcharme cogí mi bandolera y me la puse atravesada. Fui hasta la puerta de salida de la sucursal.

–Hoy voy a cuidar de Fivit. ¿Te vienes?

Esa frase me hizo parar en seco. Miré hacia atrás. Nancy estaba sacando un sándwich de la máquina de la oficina, como si no acabara de decir aquello.

–¿La hija de Milos?

–¿Conoces a otra Fivit?

Miré a la calle. Mucha gente de cambio de turno estaba recogiendo sus patinetes eléctricos y otros tantos se dirigían a la estación subterránea de ultrarrápido.

Hice cuentas mentales. Era medio día. Ben seguramente estaría durmiendo. Si trabajaba de noche… supuse que tenía hasta primera hora de la tarde.

Corrí hacia Nancy y saqué otro sándwich: –Venga, vamos.

Prácticamente la empujé hasta la estación.

Llegamos enseguida al bloque de pisos de Milos. Fue Nancy la que llamó. Cuando subimos a su casa la puerta de la entrada estaba abierta y Milos saludó desde la cocina: –Gracias por ayudarme Nancy…

Nancy cogió a la pequeña revoltosa en brazos.

–Es un placer, Milos.

–La niñera también ha tenido un imprevisto… ¡Qué desastre!

No lo veíamos. Seguro que estaba preparando la merienda de la pequeña, que estaba enorme. En los primeros años crecían tanto que daba miedo.

Me sentí culpable de no haberme pasado más a menudo a verla y me sentí vagamente molesto de que Milos no confiara en mí para ayudarle. Luego recordaba que no entiendo gran cosa de bebés y se me pasaba. Además, seguía molesto conmigo.

Milos salió de la cocina secando un vaso de plástico con asas: –Aún queda bastante tiempo para que dejen salir a Laila. No sé qué haré con el trabajo porque… Oh.

Paró en el momento en el que me vio.

–Hola Milos.

Pese a mi saludo no conseguí que volviera a sonreír.

–Hola –repetí más inseguro.

Suspiró y se puso el trapo sobre el hombro: –¿Por qué no me has avisado, Nancy? Hubiera preparado algo más de merienda para vosotros.

–Tranquilo, está bien –contestó ella.

Él asintió y entró de nuevo a la cocina.

Se notaba que era una casa con críos, había cosas de colores de aspecto blandito y adorable por todo el suelo y enganches de plástico en todas las puertas de todos los armarios. Todos los enchufes estaban ocupados y las cosas peligrosas muy, muy lejos del suelo. Ignoraba todo lo que un paragüero podía ser de letal para un niño pequeño, pero según Nancy, las etiquetas de la ropa y los juguetes eran como una bala cerca del corazón.

Por fin Milos salió de la cocina con la intención de ir a comprar algo más para nosotros. Nancy estuvo casi diez minutos tratando de convencerle de que no era necesario, que nos las apañábamos. Finalmente se despidió de nosotros y se fue al hospital.

–Milos no se ha alegrado nada al verme… –dije entristecido sentándome en el suelo sobre una alfombra llena de carreteras.

–Lo que pasa es que no se alegra ante los imprevistos. Solo tienes que verle la cara. Hasta que no le digan el día y la hora exacta del alta de Laila, no podrá ser feliz. Los cambios de horario lo hacen muy irascible.

Conocía la forma cuadriculada de pensar de Milos… era fácil. Solo tenías que fijarte en un calendario. Él era así, un día era un día, con su rectángulo y su número en una celda con siete columnas y de cinco a seis filas. Seguramente él hubiera inventado algo para que todos los meses tuvieran el mismo número de filas. Aún así no me parecía suficiente excusa para que me diera de lado. ¿Qué podía haber hecho para descuadrarlo?

–Me encantaba esta basura.

Nancy tenía entre sus manos un libro desplegable. Si tirabas de algunas lengüetas los muñequitos de los libros se movían, incluso un gran castillo se alzó al abrir determinada página, aunque estaba bastante destrozado… De hecho Fivit se lo quitó de las manos y se lo metió en la boca.

–Está bueno el papel, ¿eh?

Y rió. No sabía si era bueno dejarle usar sus primeros dientes para eso, pero quién era yo para opinar al respecto. Nancy me contó cosas extrañas del orfanato. Algunas las recordaba, otras no. Estaba nostálgica. De hecho, me contagió. Estuvimos rememorando las cosas de críos mientras jugábamos con Fivit.

–Eras el primero siempre en ducharte. Para cuando todos íbamos tú ya volvías.

–¿Sí? No recuerdo eso.

–Bueno… éramos peques.

Fivit balbuceaba muchas palabras. Según Nancy, las pronunciaba muy bien, pero yo no entendía ni papa. Eso sí, me ponía nervioso cuando se acercaba a los cajones de la cocina. Tenía tanta fuerza que temía que los abriera a pesar de tener todos unos seguros que temblaban a cada envite de la pequeña. En cambio Nancy parecía una balsa de aceite.

–¿Cómo es que no tienes críos? –solté de sopetón. No me lo esperaba ni yo.

–¿Cómo es que no los tienes tú? –creí haberla herido, pero empezó a reír– ¿Acaso tú has encontrado a tu media naranja? No, ¿verdad?

Tuve que admitir que me puse rojo, lo que la animó todavía más.

–¿Ah…? ¿Tienes algo por ahí?

–¡No!

–¡Tienes algo por ahí! Cuenta, cuenta –insistió Nancy.

Un llanto detuvo la conversación en seco. Fivit se había hecho daño con algo.

–¿Qué ha ocurrido?

Me puse nervioso. Eso era precisamente lo que necesitaba para que Milos me tuviera en mejor estima.

–Solo se ha dado un golpecito. Trae su peluche favorito. Está en la cuna, en el cuarto de Milos y Laila.

Asentí y miré en todas las habitaciones hasta dar con ella. Tomé el peluche de unicornio que en sus tiempos debió ser blanco y al irme de la habitación vi la mesilla de noche de Laila. Había una foto de su boda. Ella y Milos sonriente, con todos nosotros a los lados. No fue una boda multitudinaria… De hecho todos salvo ellos vestíamos prácticamente de calle, en un nivel más elegante. Yo llevaba puesto mi mejor buff. Entonces vi el marco. Tenía un pequeño hueco en la parte de abajo, donde debería estar una inscripción que dijera algo estilo “el día de nuestra boda” o la fecha. En su lugar había algo que fue básicamente lo que hizo que tomara la foto entre mis manos en primer lugar, dejando caer al équido.

En ese huequecito, protegidas por un cristal, había dos monedas con un agujero en el centro.

–¿Andrei?

–¡Ya voy!

Cogí el unicornio y se lo llevé. Fivit no volvió a llorar en toda la tarde.

LA MONEDA, capítulo 10.

LA MONEDA, CAPÍTULO 10.

Era de noche y hacía frío. Más de lo que era normal en esa época.

–Es por aquí…

La voz del mendigo era siniestra a la luz de las farolas, y su aspecto era similar a la muerte. Solo le faltaba la guadaña.

Éramos los únicos en la calle y además era muy tarde. A penas había luces en un puñado de ventanas. No me sentía en condiciones de dar una explicación lógica a por qué lo estaba siguiendo.

–Ah, no –dije plantándome a la entrada de una calle sin luz. Las farolas se habían fundido y no se veía nada en la noche sin luna.

–¿La señorita tiene miedo?

¡Ya estaba harto con él! Había tocado mi fibra orgullosa. Apreté los dientes y los puños y actué en contra de todo instinto y no solo me adentré en esa calle, sino que lo adelanté y tomé la iniciativa. Cuando estuve a mitad mis ojos se empezaban a acostumbrar y podía ver algunos detalles del suelo y los edificios, pero nada que me sirviera para nada. Paré y me froté los brazos para darme calor.

–Toma…

Sentí escalofríos al notar su aliento justo a mi lado. Sus pasos eran similares a los de un felino. Agarré algo de metal con forma de ocho y fui consciente de qué era.

–¿Unos prismáticos?

–Nocturnos. Puedes ver todo lo que te rodea sin necesidad de luz.

Me los puse. Era cierto. Todo se veía en escala de grises pero reconocía hasta los números más lejanos de los portales de las casas.

–Arriba. Fíjate bien.

Sin dejar de tener ubicado al mendigo alcé la vista esperando encontrar algo evidente, pero solo se veían los puntos blancos de las estrellas.

–¿Lo encuentras? Debe estar por ahí.

Di varias vueltas con los catalejos sin entender muy bien qué era lo que quería que viera. ¿Una prueba irrefutable? ¿De qué? Como no fuera de su imaginación no me daba por aludido con nada de lo que…

–Ben…

Fruncí los ojos para asegurarme. Sin duda era él. Seguía con el mono sucio y tenía entre las manos un destornillador en lo más alto de una grúa sobre un rascacielos. Unos compañeros le ayudaban a sujetar una placa enorme que estaban quitando de… del cielo.

Estaban sustituyéndola por una diferente.

Bajé poco a poco los binoculares y el frío se hizo más palpable.

–Por eso llueve y hace frío algunas noches… lo necesitan para trabajar y que nadie se dé cuenta… En especial los más pequeños. Sería una lástima que el ratoncito Pérez dejara de existir.

Me sentí muy extraño en ese momento. No era capaz de entender por qué era necesario aquello.

Yo no era un niño… aunque tal vez me estuviera comportando como uno o me trataran como uno, y eso no podía seguir así.